• César Santivañez

"L'ultimo sciuscià": la única animación del neorrealismo italiano

Actualizado: oct 10

A menudo hay quien dice, con toda injusticia, que la animación tiene sus propios tropos, todos ellos ajenos a los vaivenes sociales y culturales de la historia. Como si la fantasía no pudiera arropar un grito de protesta, como si la magia no pudiera remecer los cimientos psicológicos del espectador. Por suerte, existen obras emblemáticas que nos demuestran que el animador es también un artista preocupado por su entorno, capaz de denunciar desde sus propios códigos.


Este es el caso de "El último sciuscià", cortometraje de 1948, escrito y dirigido por el artista italiano Gibba. Se trata de una drama intenso, hijo de su tiempo, y con toda seguridad la única animación digna de entrar en el catálogo inmortal del cine neorrealista italiano.



El cine de la miseria


Para un cinéfilo, decir neorrealismo italiano equivale a decir Visconti, Rosellini y De Santis, amén de otros tantos directores. Sin embargo, cuando el término llega a oídos de un guionista, aparecen dos grandes nombres: Suso Cecchi D'Amico y Cesare Zavattini, pilares importantísimos de la corriente, casi siempre relegados al momento de esbozar un recorrido histórico por el cine de post-guerra. Fueron ellos, D'Amico y Zavattini, los escritores detrás de películas como "Ladri di Biciclette", "Miracolo a Milano" o "Roma Ore 11", por mencionar algunas.


Y fue justamente Cesare Zavattini quien colaboró en la escritura de "Sciuscià" (1946), una de las primeras películas de aquel portentoso artista del celuloide llamado Vittorio de Sica.


Imagino la sala llena durante la proyección. Imagino cada una de las caras del público, entre ellas la de Francesco Maurizio Guido, alias Gibba, uno de los pioneros de la animación italiana, quien, movido por la crudeza del filme de De Sica, decidió escribir y dirigir su propio cortometraje de denuncia social. Nace así "L'ultimo sciuscià".



La muerte de un niño


El cortometraje de Gibba cumple con todas las características del cine neorrealista italiano: la acción se desarrolla en un ambiente de pobreza y desesperación, en una ciudad en escombros, y los personajes luchan día a día por sobrevivir en medio de la crisis económica y moral desencadenada por la Segunda Guerra Mundial.


En este contexto se narra la historia de "un niño que tiene por amigos únicamente a su perro y a las estrellas", tal como dice la cartela de introducción. Se trata de un pequeño que, para sobrevivir, trabaja vendiendo cigarrillos a prostitutas y militares. Así, tras un breve altercado con la policía, el niño regresa a casa acompañado de su perro, el elemento cómico e inocente de la narración, al cual Gibba recurre constantemente para desarrollar gags cíclicos, abiertamente económicos.


Presenciamos la vida de un niño que es a la vez un sobreviviente solitario en un mundo de adultos, donde la autoridad no hace más que entorpecer la subsistencia y donde no existe la compasión. El hombre rebajado a su estado más salvaje y egoísta.


Pero es hacia el final de la historia cuando el autor nos muestra una agonía simbólica, inteligentísima, donde el pobre se deshace del estado permanente de hambre y necesidad que marca su vida cotidiana. El niño camina por una alfombra de estrellas y, quizás por primera vez en su vida, experimenta la magia de la infancia. La voz paternal de Dios le ofrece calor y protección, y de esta manera Gibba termina de estructurar su denuncia, a través de una muerte por compasión.


A fin de cuentas, lo que hace de "L'ultimo sciusciá" una obra digna de nuestra atención no es su pericia narrativa, sino su vigencia. Muchos de los problemas de post-guerra aún figuran como pendientes en la larga agenda del ser humano por alcanzar una cultura de paz. Así, mientras la herida evidenciada por este cortometraje permanezca en carne viva, Gibba seguirá hablándonos desde 1946. Y el niño seguirá muriendo, cómo no.