Me encanta Asimov. Me encanta Bradbury. Pero creo que la ciencia ficción hay que leerla (también) desde la actualidad, de cara hacia el futuro. Hoy en día, nuestra relación con la tecnología ha cambiado. Tenemos nuevos miedos. Somos más escépticos y, a la vez, más ingenuos. El mundo no es igual al de setenta años atrás, cuando se publicó "Fundación" o "Crónicas Marcianas".


Solemos decir que la ciencia ficción es un género que nos ayuda a entender el presente. ¿Pero de qué presente hablamos, cuando nuestros mayores referentes escribieron desde una época que muchos escritores de mi generación ni siquiera tuvimos la oportunidad de conocer?


Me encanta Asimov. Me encanta Bradbury. Pero vivo en el 2020.


Por eso quiero presentarles a dos escritoras que, a mi parecer, pertenecen a lo mejor de la ciencia ficción contemporánea. Quienes así lo prefieran, pueden utilizarlas como portal

hacia el siglo XXI.


La primera es Hao Jingfang. Mi primer contacto con su literatura fue a través de la premiada novelette "Folding Beijing", traducida como "Entre los pliegues de Pekín" e incluida en la antología "Planetas Invisibles", recopilada por Ken Liu. En ella nos regala una reflexión acerca de la estratificación urbana como metáfora de las clases sociales, capaces de coexistir en un mismo espacio sin llegar a tocarse. Meses después me topé con la espectacular colección de relatos "Pechino Pieghevole", editada en italiano por Future Fiction y que, injustamente, carece de una traducción a nuestro idioma. El hilo conductor de estos relatos es la reencarnación, así como la adaptabilidad del ser humano ante los problemas derivados de la tecnología. Una buena noticia: este mes de agosto Nova publicará la traducción al español de "Vagabonds", su primera novela.


La segunda escritora es Xia Jia, a quien considero mi escritora contemporánea favorita. Su relato "El verano de Tong Tong", incluido también en "Planetas Invisibles", me cautivó desde la primera página. Su literatura es poco elocuente y, a la vez, altamente evocativa. Basta leer "Cientos de fantasmas desfilan esta noche" y "Si una noche de invierno un viajero" para darnos cuenta de que estamos ante una escritora que innova no solo desde la temática, sino también desde el estilo. Su colección de relatos "Spring Festival" fue traducida al inglés por el propio Ken Liu para Future Fiction, aunque mi acercamiento a esta fue a través de la traducción "Festa di Primavera", publicada por la misma casa editorial.


Tanto Hao Jingfang como Xia Jia nacieron en 1984. A pesar de las diferencias sociales, geográficas y políticas, siento que sus preocupaciones parten de una base que me es familiar, y con la que estoy profundamente relacionado.


Tan importante como mantener vivos a los clásicos de la ciencia-ficción es mantenernos vivos a nosotros mismos como cultores de un género crítico y visionario.


Por suerte, hay más de una prueba de que el futuro sigue estando lleno de presente.




Valga la aclaración: secreto para nosotros, los mismos latinoamericanos, que vivimos con los ojos pegados a las majors como si solo existiera una fórmula para narrar. Como si la animación sin merchandising fuera menos animación, como si nuestros artistas no fueran capaces de permitirse las licencias creativas de otros mercados solo porque sus voces le pertenecen al sur del mundo.


Y pensar que nos une una misma lengua.


Por fortuna, llega siempre el caso del latinoamericano que, a pesar de todo, logra provocar y salirse con la suya. Uno de ellos, acaso el más emblemático de las décadas recientes, se dio en el año 2009, con "Los extraños presagios de León Prozac", filme colectivo made in Colombia, absolutamente experimental en cuanto a su técnica y narrativa. Su guion y dirección estuvieron a manos de Carlos Santa, quien, con esta película, logró entrar a la Selección Oficial del Festival de Annecy 2010.


El esquema de "Los extraños presagios de León Prozac" asombra por su versatilidad y economía, ambos atributos muy cotizados en el mercado del guion para animación. Así, el filme consiste en una multiplicidad de voces que desarrollan varios monólogos alrededor de una premisa base. De esta manera, a la larga, Santa logra estructurar un gran discurso coral, un manifiesto colectivo acerca del rol del artista en el mundo contemporáneo.



Una historia, muchas voces


El detonante de la trama se da cuando el joven "León Prozac" decide "alquilarle su cabeza" al mismísimo demonio, un elegante caballero de nombre Mefisto Ritalini. Desde ese momento, Prozac asume su rol de artista por encargo y pasea con su cliente a lo largo de un corredor infinito, plagado de puertas que esconden las 24 propuestas individuales que componen el film.


Cabe aclarar que no se trata de un film complaciente. Por el contrario, está repleto de subtexto, símbolos y filosofía. Más aún, la trama principal gira alrededor de la propia identidad artística y de la pérdida de individualidad en medio de una sociedad materialista. ¿Qué rol cumple el arte en la pirámide de necesidades contemporánea? ¿Cuánto de entretenimiento hay en el arte, y viceversa?


En suma, por más amarga y desencantada que sea, "Los extraños presagios de León Prozac" es una película necesaria para la filmografía latinoamericana. Porque, hoy más que nunca, tenemos que gritar hasta que el mundo se acostumbre a nuestra voz. Se va haciendo urgente clavar un alfiler en esta parte del globo, y eso no se consigue a fuerza de imitación, sino de investigación y compromiso. Bravo por Carlos Santa, y por la animación experimental colombiana. Y por Latinoamérica, siempre.


Sería injusto decir que la edad de oro de la animación norteamericana estuvo protagonizada solo por Disney y los estudios Warner, cuando en realidad la ecuación incluyó también a portentosos emprendimientos como la MGM, los Terrytoons y, cómo no, los Fleischer Studios.


Así las cosas, cada casa tenía una marca narrativa bien establecida. Los experimentos de Disney y la fantasmagoría lúdica de sus Silly Symphonies les dieron la pericia necesaria para diseñar el universo que luego se convertiría en su principal fuente de réditos. La Warner explotaba a personajes con deseos irrefrenables, verdaderas obsesiones llevadas al límite de la comedia (el hambre de Wile E. Coyote, la necesidad de amor de Pepe Le Pew, la codicia de Daffy Duck, y así por el estilo). Sin embargo, nadie logró igualar a Max y Dave Fleischer en cuanto a sordidez y misterio se refiere. Cada cartoon del sello Fleischer contenía, además de excelentes secuencias rubberhose, mensajes velados de violencia sexual, racismo o muerte. Baste recordar los cortometrajes "Red Hot Mamma" y "The Old Man of the Mountain", ambos protagonizados por la siempre polémica Betty Boop, y que provocaron la censura del primero en el Reino Unido, y una protesta masiva contra el segundo en los Estados Unidos.


Pero existe un caso digno de análisis, que nos explica por qué esta fue una de las casas de animación más controversiales de la historia.


Me refiero a "Bimbo's Initiation" (1931).



El descenso hacia el abismo


No por casualidad el crítico Leonard Maltin bautizó a este como el "más oscuro de todos" los cortometrajes de la Fleischer: Bimbo (personaje que no necesita presentación para los amantes de la animación clásica) cae en la trampa de un ser escalofriantemente parecido a Mickey Mouse, y resbala por una escotilla hasta una gruta subterránea donde se está llevando a cabo un culto secreto. Bimbo desiste ante el ofrecimiento de formar parte de sus miembros, y a consecuencia de ello es sometido a una serie de torturas físicas y psicológicas que van desde el uso de armas blancas hasta una decapitación metafórica.


Es, entonces, Mickey Mouse el desencadenante de la historia. ¿Por qué, y cuál es su relación con el extraño culto de "Bimbo's Initiation"? Recordemos que Walt Disney fue miembro de una rama juvenil de los masones, e incluso hasta hoy se especula acerca de su pertenencia a una orden durante su adultez. De esta manera se empieza a revelar el juego de los Fleischer, quienes, aparentemente, retaron a un juego de símbolos a uno de los grupos más poderosos del planeta.


Por lo demás, la apariencia de los miembros del culto es, cuando menos, peculiar. Tienen en sus cabezas velas apagadas, que aluden al fuego purificador, y poseen tablas con clavos. Por lo demás, van uniformados y sus rostros responden a la idea de máscaras que esconden sendas barbas. Es decir, son todos hombres. Esto, sumado al título del cortometraje, termina de despejar cualquier duda: estamos ante la representación animada de una iniciación masónica.



En cierta secuencia, el protagonista se ve delante de cuatro puertas cerradas. Detrás de una de ellas hay un espejo, símbolo masónico que alude al conocimiento. Detrás de la segunda hay un esqueleto, el cual, de acuerdo a la tradición de la logia, representa al aspirante que está dispuesto a llegar hasta la realidad última de las cosas.


Todo indicaría que "Bimbo's Initiaton" vendría a ser una metáfora del camino hacia el conocimiento. No obstante, hacia el final de la trama, Bimbo se topa con una Betty Boop con orejas de perro (una de las primeras versiones del personaje). El encuentro despierta en él un deseo irrefrenable, que lo lleva a dejar de lado su propio instinto de supervivencia para intentar alcanzar a Betty. El desenlace se configura cuando el protagonista es "premiado" por abandonarse a la carne, y la identidad de los cultores al fin es revelada.


Cabría estudiar a detalle cada uno de los significados detrás de uno de los cartoons más crípticos de la (de por sí) enigmática Fleischer Studios. Quién sabe si algún día descubramos el contexto real de este capricho narrativo. Mientras tanto, honremos a los Grandes Arquitectos del Universo... Animado.


¡Larga vida a los Fleischer Studios!