Del yo al nosotros: la ciencia ficción como práctica micropolítica
- hace 2 días
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Para mí, como alguien que trabaja la ciencia ficción desde el Sur Global, un futurista no es un clarividente ni un consultor corporativo. Si bien existen muchos enfoques valiosos dentro de la prospectiva y la innovación, concibo al futurista como alguien que trabaja con el presente como materia prima, preguntándose quién tiene el poder de dar forma a lo que viene y qué voces quedan relegadas. En definitiva, lo entiendo como alguien que desnuda las narrativas que afianzan el poder y prende pequeños fuegos estratégicos donde en teoría nada debería arder.
Ese trabajo comienza por reconocer la arquitectura política del presente. Uno de sus disfraces más pulidos es la tecnología, sobre todo cuando se la presenta como neutral y apolítica. Esto no es así. La tecnología está diseñada para servir al confort y la productividad, ideales que parecen benignos pero tienen sus raíces en una concepción capitalista del progreso. Este modelo coloca al individuo aislado, y no a la comunidad ni al ecosistema, en el centro del sentido.
No es casual que la ciencia ficción, nuestro laboratorio cultural del futuro, haya asimilado con frecuencia esa lógica. Incluso cuando nos advierte sobre las distopías, muchas historias permanecen cautivadas por el colapso, el control y la catástrofe. Presentan la fascinación como crítica y nos arrastran hacia fantasías de vigilancia y aislamiento que acabamos aceptando no solo como plausibles, sino como inevitables.
Cuando era joven, faltaba a clases con frecuencia. No por rebeldía, sino porque nada de lo que me ofrecía la universidad se comparaba a la experiencia de leer en soledad. Me escabullía a un parque escondido y me hundía en libros que contenían el tipo de preguntas que nadie se atrevía a hacer en el aula.
Una tarde, de regreso a casa, tropecé con una raíz que había partido la vereda de cemento. Molesto, pensé: ¿Quién plantó este árbol tan cerca del camino? Pero la incomodidad pronto se transformó en una idea. Ese árbol, que en algún momento no fue más que un brote silencioso, había ido quebrando con el tiempo el pavimento sólido. No fue un acontecimiento esperado, ni mucho menos celebrado. Simplemente creció, con insistencia, hasta erosionar la estructura. Vuelvo a esa imagen a menudo. Me enseñó que lo que echa raíces bajo tierra es capaz de agrietar hasta los cimientos más sólidos.
Imaginar el futuro implica adoptar necesariamente una postura política. Pero no toda política llega con consignas o manifiestos. Para Guattari y Deleuze, el poder fluye a través de la micropolítica, es decir, el conjunto de prácticas difusas y cotidianas que moldean las relaciones, la percepción y el deseo. Entonces, leer o escribir ciencia ficción no puede ser entendido como un acto neutro. Es, por el contrario, una manera de interferir en la configuración de lo posible.
Como editor y escritor, aprendí a ver cada historia que publico como un gesto micropolítico. En el momento en que elijo un libro fuera del canon habitual, ya sea una historia de América Latina, Medio Oriente, África o el Sudeste Asiático, no estoy buscando simplemente diversidad. Me estoy alineando con una visión distinta del futuro, una que pregunta qué voces importan y qué realidades merecen nuestra atención.
Con frecuencia se enmarca a la ciencia ficción como un género obsesionado con la tecnología. Pero ¿qué pasaría si desplazáramos el foco, de los dispositivos a los sistemas? No solo la inteligencia artificial y la biotecnología, sino también la deuda, el parentesco, la migración, el ritual. Una comuna poscapitalista, una red de base de ayuda mutua, incluso una ciudad que aprende a prescindir del dinero. ¿Acaso eso no cuenta también como práctica especulativa? Sucede que el género no siempre les otorga la misma validez que las narrativas que nacen del fetiche metálico.
Para que eso sea posible, sin embargo, hace falta revisar los moldes. Como lectores, editores o autores, cargamos con una serie de convenciones heredadas que operan como limitantes invisibles de nuestra imaginación. Conviene ponerlas en el centro del debate.
Contra la ortodoxia narrativa. Gran parte de la producción del género sigue la estructura aristotélica: inicio, conflicto, resolución. Esa estructura no es solo una fórmula. En realidad, esconde una idea más profunda del tiempo, una que privilegia lo que viene sobre lo que fue, y los desenlaces definitivos sobre los relatos de resistencia. Es necesario reivindicar lo no resuelto. No todo cambio es lineal. Por ende, no todos los futuros llegan en línea recta, ni son irreversibles.
Del mismo modo, considero que la figura del héroe también debería ser cuestionada. A menudo se recurre al arquetipo de líder carismático, de fundador brillante o salvador solitario. Pero ¿qué pasaría si los protagonistas dejaran de ser individuos aislados? Un cambio real sentaría sus bases en prácticas cooperativas, de escucha o de ayuda mutua.
Futuros materiales. Neón, metal, plástico, tierras raras. Esos son los materiales que dominan la imagen que tenemos del mañana. Pero cada uno carga un legado de extracción, desplazamiento y colapso ambiental. ¿Qué implicaría reivindicar otros insumos, como la madera, la piedra o la arcilla? Quizás el ejercicio derivaría en futuros construidos sobre la reparación, en lugar de sobre la velocidad y el descarte.
En consecuencia, repensar los materiales es también una oportunidad para cuestionar el supuesto de que la tecnología debe ser siempre eléctrica o digital. Es tiempo de liberar la especulación del dominio de la estética distópica hipertecnológica, de superar su herencia eminentemente artificial y devolverla a lo orgánico, a lo tangible. Esto no significa abrazar el primitivismo, sino revisar nuestra noción de progreso. Quién sabe. Con suerte dejaríamos de ver el pasado como algo obsoleto.
Sistemas abiertos. La mayoría de los futuros tecnológicos siguen siendo imaginados bajo la lógica de la propiedad. En estas historias, tienden a estar controlados por gobiernos o por corporaciones, cuando lo que necesitamos es una ficción que rompa ese molde. Historias donde las herramientas sean de código abierto, replicables, compartidas. Donde el conocimiento sea un bien común y el progreso circule de forma horizontal. Movimientos como los laboratorios DIY, los grupos de hardware abierto y las comunidades permatech ya están prototipando estas alternativas. Como autores, deberíamos seguir su trabajo.
Esto implica una reivindicación del hacking, tal como lo practican hoy de manera magistral muchas comunidades en el mundo, especialmente aquellas para quienes la mayoría de los dispositivos fueron diseñados con pleno desconocimiento de sus necesidades. Desde esta perspectiva, los hackers de una nueva ciencia ficción se deslindarían de la imagen romántica del pirata digital, para volverse puentes entre la función original del dispositivo, ajena a quienes lo habitan, y las realidades concretas de las poblaciones marginadas.
La ficción como prototipo. Las historias pueden ser más que metáforas. Son esquemas. Ensayos narrativos, si se quiere. Pero hay que tener en claro que la ficción es mucho más que una máquina de predicciones. Cuando contamos historias que priorizan la colaboración sobre la conquista, el cuidado sobre el control, no solo imaginamos nuevos futuros. Los estamos practicando.
De ahí la importancia del lenguaje. Una historia especulativa en quechua, yoruba o bengalí no solo desplaza el escenario, sino que interrumpe y altera la cosmovisión dominante. Cada lengua codifica un ritmo distinto del tiempo, el cuerpo y la comunidad. Leer a través de esas lenguas equivale a desarmar el dominio de una realidad impuesta. Es decir, dinamitar el futuro que nos vendieron.
Es fundamental apoyar las publicaciones que traducen a autores que escriben en sus lenguas maternas. Al hacerlo, rompemos la ilusión de un futuro único y nos abrimos a nuevas interpretaciones de la realidad, incluso a nuevas formas de acceder al conocimiento.
Más allá de la página. Soy un convencido de que el trabajo debe trascender el contenido. A fin de cuentas, la distribución también es política. El sistema editorial tradicional sigue privilegiando ciertas ciudades, monedas y públicos. ¿Por qué concebir la ciencia ficción como algo que viaja únicamente a través de libros y películas? Las historias de género también pueden contarse a viva voz, pasarse de mano en mano transformada en fanzine, circular en redes que no dependen de números ISBN ni de rankings de Amazon. Hablo de invadir circuitos barriales, comunales o rurales. También es posible especular desde el formato y la infraestructura.
Otro desplazamiento necesario atañe a la manera en que el autor se concibe a sí mismo. Hace falta abandonar la imagen del escritor como cerebro maestro o creador de universos y acercarse a la del escritor como recipiente: alguien que amplifica las voces que el mercado ignora. Al desprenderse del ego y poner la historia por encima del narrador, nos liberamos de siglos de vanidad y le devolvemos a la vocación un propósito genuinamente humano.
Narrar el futuro es tomar posición. Cada historia publicada revela lo que creemos sobre el cambio: quién lo protagoniza, quién se beneficia y qué debe quedar atrás. En ese sentido, la ciencia ficción es, para mí, una forma de prototipar sistemas que todavía no existen.
Quizás eso es un futurista: alguien que nota los brotes en los márgenes y los cuida sin saber exactamente qué van a romper.
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