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Mi avatar aparece en el mundo virtual de Noddox. Al inicio me resulta difícil reconocer mi forma. Soy una pila de cubos y cilindros que se mantienen unidos sin ninguna lógica, salvo la física impuesta por el juego. Mis manos son tenazas mal renderizadas, y donde debería estar mi rostro percibo una síntesis compuesta por dos ojitos y una sonrisa.


Observo mi entorno. La vegetación es una versión neón de una naturaleza pródiga y amigable, tridimensional, pero aun así, con cierta angulosidad poligonal. Todo junto compone un universo luminoso y profundo, con el cielo surcado por enjambres geométricos, que deberían ser insectos. Doy algunas vueltas sobre mi eje, absorbo la esencia del lugar no-lugar, la luz no-luz, la vida que solo existe dentro de este entorno online abandonado desde hace décadas.


¿Qué tipo de movimientos puedo hacer? Puedo caminar, puedo saltar, puedo seleccionar objetos a mi alrededor y conocer su valor en nobucks. Esta semilla rosa, por ejemplo, vale diez mil. Aquel fósil, cinco mil. Lo mismo con una zarigüeya que pasa corriendo a mi lado.


Yo, en cambio, valgo cero.


También puedo trepar, y al parecer lo hago bien. Me encaramo con agilidad a la parte más alta de una palmera, desde donde domino casi toda la isla. A unos metros de distancia, en las faldas de un volcán, diviso un cartel flotante. Eso quiere decir que, aparte de mí, hay otro avatar en este espacio virtual. El cartel dice: CandyPixel.


Me dejo caer, sin temor a dañar un cuerpo que jamás conocerá el dolor, y corro entre el follaje. Agua que no moja. Lodo que no resbala. No me toma mucho tiempo llegar al volcán y ocultarme detrás de una roca para analizar el entorno.


Ante mí se alza una mansión gigantesca. Me es imposible encontrarle una forma definida. Es, más bien, una acumulación de habitaciones transparentes, anexadas sin ningún criterio funcional. Hay un garaje en la azotea, una piscina en el segundo piso, un pequeño restaurante en el primero. Los tres niveles están conectados entre sí por un tobogán fucsia. Pero, por más que aguzo la vista, no hay rastro de CandyPixel.


— ¡Imposible! — escucho una vocecita detrás de mí, que me hace dar un salto. — ¿De verdad vales cero nobucks?

— ¿Qué? Es que yo… — volteo a verla. Su avatar es pequeño. Tiene el cabello rosa, recogido en dos coletas, con una armadura negra plagada de accesorios: un jetpack, un cinturón de herramientas y botas de lluvia. - Yo soy nueva en el juego.


En el cartel que flota sobre su cabeza, además de su nickname, se lee: NBX 615 000 000.


— No mientas. — dice. — Nadie ha entrado a este servidor desde hace años. No es que me importe.


CandyPixel camina a mi alrededor, observando sobre mi cabeza con atención.


— Val-ki... kiria… Valkiria dos cero… veinte…

— Valkiria2052.

— Y… ¿Puedo llamarte Valki?

— No puedes. Solo mis amigos me llaman así.

— ¿Amigos? ¿Dónde? — dice ella, mirando sobre mi hombro, pero no encuentra nada más que hectáreas de selva artificial. Su mirada vuelve a encenderse - ¿Alguna vez has volado en cerdito?

— Basta. ¿Quién eres, y por qué estás usando mi cuenta?

— Mira. Cuando lo compras en la tienda de mascotas parece un cerdito normal, pero si pagas  3,000 nobucks se infla y se eleva por los aires. ¡No es broma!

— Estás utilizando mi cuenta y mi tarjeta de crédito sin mi consentimiento.

— … entonces le amarro una canasta a las patas, y puedo usarlo como un globo aerostático. Por cada cien metros de vuelo en cerdito gano 200 nobucks, y si doy una vuelta completa a la isla recibo…

— ¡Cállate!


Empiezo a caminar hacia CandyPixel, sin ningún plan en mente. Ella, acaso por inercia, retrocede.


— ¿A qué has venido? ¡Para, o te reporto! — dice. — ¡Seguramente quieres robar mi cuenta porque has visto cuánto valgo!

— ¡Claro, repórtame! ¿Quién va a revisar el reclamo, si este servidor está abandonado hace años? No me interesan tus nobucks. Es más, no me interesa la cuenta, puedes quedártela. Solo quiero que anules el cobro automático. Te lo estoy advirtiendo por última vez. No necesito un abogado para joderte. Puedo averiguar dónde vives, pedazo de mierda.


CandyPixel voltea y se echa a correr. Es la única prueba que necesito. Empiezo a perseguirla, pero es una tarea inútil. Ella activa su jetpack. El salto dispersa un enjambre de insectos. Por la actualización en su cartel puedo calcular que esa acción le ha costado 200 nobucks.  Pero no me desanimo, y continúo la carrera. Cuando la sorprendo a los pies de un claro, el pequeño avatar emprende la marcha una vez más, con las coletas rosas balanceándose en sincronía.


— ¡Habla! ¿Para qué usas realmente los nobucks? Tú y los tuyos ocuparon este servidor para sus mierdas ilegales, ¿es eso? ¿Están usando esta moneda obsoleta para lavar dinero, o para pagarse entre ustedes sin dejar rastro? Dime la verdad. ¿Qué tan metidos están en esto? ¿Son drogas? ¿Extorsiones? ¿Pedofilia?


Nos resbalamos por una pendiente totalmente lisa, que aun así produce un sonido de hojas removidas. La incoherencia material de este entorno me confunde, y hace todavía más absurda la presencia de la hacker, que ahora intenta un nuevo movimiento. Se impulsa con el jetpack: otra vez, 200 nobucks. Saca de su inventario una medusa fosforescente: 500 nobucks. Me lanza el animal directo al cuerpo. Yo demoro en reaccionar, y termino siendo absorbida por la masa transparente. Me quedo flotando dentro del cuerpo coloide, como en una prisión semi-líquida.


Desde dentro de la medusa, logro ver la figura distorsionada de CandyPixel que me observa. Yo solo atino a decir:


— Te voy a joder a lo grande. Vas a…

 

Tu cuenta ha sido suspendida temporalmente por 5 horas. Nuestros sistemas detectaron lenguaje inapropiado u ofensivo en una interacción reciente, lo que infringe las normas de la comunidad. Durante la suspensión no podrás usar el chat de voz ni acceder a ciertas experiencias.

La restricción se levantará automáticamente al finalizar el plazo.

Reincidir puede resultar en sanciones más severas.

 

— ¡Hija de puta! Casi la tenía.


Noddox se desactiva en mis lentes, y los cristales vuelven a ser transparentes. Estoy de regreso en mi espacio de cuarenta metros cuadrados, de una sola ventana con vista a un tragaluz mohoso. Respiro agitada, como si realmente acabara de perseguir a alguien en medio de la selva, y a la altura de las axilas tengo dos manchas que oscurecen mi sudadera azul. ¿Quién iba a suponer que me encontraría a la hacker cara a cara, en un juego abandonado desde hace más de veinte años?


Entonces siento temor. ¿Y si me ha localizado? ¿Es posible que haya podido rastrear mi IP y descifrar que pertenece a uno de los apartamentos alquilados por la Municipalidad? Miro el celular sobre mi escritorio, esperando una llamada sorpresiva. Pasan diez minutos. Nada. Si hubiera querido encontrarme, ya lo hubiera hecho. Por un lado, mejor que descubra que vivo en una de estas pocilgas de mierda. Así nos vamos conociendo de una vez. Lo cierto es que no tengo dinero suficiente como para pagarme un departamento en otra zona.


El día que gané el concurso público para ocupar este lugar, me enteré que el edificio es de inicios del siglo XIX. Al inicio me preocupé por el estado de la construcción, pero S/. 2500 al mes era, y sigue siendo, una ganga. Además era joven, y pensé que no duraría mucho en esta covacha. Sin embargo, me acerco a los cuarenta años y sigo aquí, encerrada en esta  burbuja atemporal, desconectada del exterior. Ahora, por ejemplo, son casi las ocho de la noche, pero lo mismo podrían ser las nueve de la mañana. No sé si tengo hambre.


El silencio es la única constante, sumado al traqueteo constante de los ventiladores de mi computadora. Es todo lo que he venido escuchando los últimos meses, desde que perdí el trabajo. La luz de los fluorescentes de la facultad ha sido reemplazada por la luminiscencia verdosa del monitor, que ahora mismo no deja de interpelarme desde la web de Noddox. Vuelvo a la página principal, selecciono la pestaña de contacto y abro el chat de asistencia en línea. Sé que es un bot, pero no tengo nadie más a quién recurrir. Mis manos tiemblan, un poco por angustia, un poco por frustración.


Hola. ¿Puedo ayudarte?

Hola. Tengo un cobro recurrente de USD 5 mensuales a mi cuenta de usuario @CandyPixel. Acabo de revisar el historial de mi tarjeta de crédito, y se me ha estado cobrando esa cantidad desde hace 25 años. ¿Cómo puede ser esto posible? Pensé que Noddox era gratuito.

Noddox es y seguirá siendo gratis ¿Has intentado desactivar los cobros automáticos desde tu perfil de usuario @CandyPixel?

Ese es el problema. La cuenta está asociada a un correo antiguo, al que ya no tengo acceso.

Gracias por la información. En ese caso, para revisar los cargos necesito autenticarte como titular del medio de pago. ¿Deseas continuar?

  Sí.

 

Autorizo el acceso con el token de la cuenta familiar. Tiene que ser un error: 25 años pagando un servicio mensual del que no estaba enterada. Haciendo números, yo tendría trece años por aquel entonces. Era imposible que hubiera podido acceder a una tarjeta de crédito, y menos aún, contratar un servicio recurrente.


Este trámite no me está gustando. Hay épocas de nuestra vida que deberían quedar atrás, sepultadas para siempre. Se lo dije una vez, a mi psicóloga. Es como cuando uno entierra a un ser querido. Unas palabras de despedida, y listo: al foso. Esa tierra jamás debería removerse. Cuando la gente vuelve en las películas, lo hace siempre como un monstruo, y no es algo bonito de ver.


Eso lo pienso recién ahora. A los trece tenía otra vida, con otra luz sobre el rostro y una casa grande, con vista a la montaña. Recuerdo las cortinas de mi habitación, embrujadas por los golpes repentinos de aire fresco. Las paredes de la sala estaban recubiertas de madera, y tenían retratos de familares que poco a poco se iban perdiendo en el pasado, hasta hacerse irreconocibles. A veces, mamá los contemplaba y se preguntaba cosas, yo sé que se preguntaba cosas. Entonces llamaba a su jefe y decía que ese día el tratamiento le había pegado fuerte y que se quedaría en casa. Era su manera de hacerme la niña más feliz del mundo. Y yo… yo vivía de espaldas al dolor. No sospechaba que las cosas irían en picada tiempo después.

 

Hola, Valkiria. Hemos verificado tu cuenta, y vemos que no tienes ningún cobro automático asociado a Noddox.

Es imposible. El cobro mensual a mi tarjeta tiene el concepto NDDX/AUTOMAT.

Entiendo. Un momento, por favor.

 

Servicios de mierda. Esta página es prehistórica, y aún así tiene estos callejones sin salida. Me siento ridícula, chateando con un bot que con toda seguridad no le reporta a ninguna oficina central desde hace décadas.


Otro relámpago en mi memoria. Mamá guardaba su tarjeta de crédito en un estuche de cuero gris, que a menudo se perdía, y yo me encargaba de buscarlo por toda la casa. Cuando finalmente lo encontraba, mamá ordenaba algo de comer, casi siempre comida china o venezolana. Yo la abrazaba y hundía mi nariz entre sus ropas. Ninguna niña de trece años debería poder reconocer el olor a células madre y clorhexidina.

 

Gracias por la espera. Veo que el cobro no está asociado a Noddox, sino a un proceso automático que sigue corriendo en nuestros servidores. Es un paquete de ejecución, almacenamiento y automatización.

¿Un automation? O sea, ¿Es un servicio externo a Noddox?

Exacto.

¿Y es posible anular el cobro sin ingresar al perfil de usuario?

Es posible, con las credenciales de la persona que se suscribió originalmente al servicio. Según nuestros registros, el servicio fue activado por María Palma Churata, DNI 075149613. ¿Eres tú?

No, es mi madre. Pero lleva muerta hace años.

Entiendo. En ese caso, tienes dos opciones: comunicarte con tu banco para bloquear el cargo recurrente, o iniciar un cierre por titular fallecido. Si quieres, puedo generarte un número de referencia y la lista de documentos que podrías necesitar.

 

De ninguna manera. No pienso remover la tierra. No tengo ninguna intención de verme cara a cara con ese monstruo, y mucho menos para ahorrarme cinco putos dólares al mes.


Me queda encontrar otros gastos para recortar. Cada semana encuentro uno nuevo, entre suscripciones a noticieros,  apps de dietas o almacenamiento en nubes que ya no existen, pero cuyas empresas siguen facturando a incautas como yo. Llegará el punto en que no haya más por recortar. Espero haber encontrado un trabajo para entonces. No me imagino viviendo sin gas o sin termostato. ¿Y si llegara a suceder? Tal como van las cosas, es probable que jamás vuelva a conseguir un puesto decente.


Mis antiguos colegas, los otros profesores del departamento de Informática, dicen que mi despido los sorprendió. Sospecho que fingían. Todos saben que los programadores ya no somos necesarios. Nadie quiere aprender nada de nosotros, porque la inteligencia artificial nos ha sobrepasado en capacidad, y hoy en día una máquina es más eficiente para crear código. Solo así se explicaría que el Ministerio de Educación haya retirado mi curso de la currícula general. Es irónico que mi herramienta de trabajo haya terminado por arruinarme.


Al inicio intenté tomarlo como una oportunidad. Me convencí de que podía montar mi propia agencia o trabajar como independiente. Pero me equivoqué. Me equivoqué de manera humillante. Hoy se cumple un año y dos meses desde que pisé un salón de clases por última vez. De la indemnización no queda ni rastro, y la CTS se sigue encogiendo mes a mes. El único placer que me queda son los cigarrillos que enciendo a contraviento, mientras camino a cualquier sitio donde todavía haya luz suficiente para robarle unas horas al apagón.


Hace unas semanas, en una mesa de la biblioteca pública, alguien abandonó un libro sobre la sociedad en la antigua Java. Lo abrí sin interés, pero pronto encontré un capítulo sobre oficios que alguna vez sostuvieron la economía de la isla. Ahí estaban los tamboreros, los administradores de riego y los oficiales de verduras acuáticas. El libro tenía ilustraciones. En ellas, algunos de estos hombres aparecían rodeados de gente. ¿Cuántos pensaron que su talento sería esencial para siempre? ¿Cuántas familias ataron su apellido a una sola habilidad, que hoy nadie recuerda? Cuando salí, envolví el libro entre mis ropas y lo llevé a mi departamento. Debe seguir ahí, refundido entre la ropa sucia.


Cierro la página de Noddox. De pronto me siento como un cable en un cajón: imprescindible al principio, pero al cabo de algún tiempo nadie recuerda para qué sirve. Un día lo botas y ya está. 


Las luces del departamento empiezan a parpadear una, dos, tres veces, hasta que se apagan del todo. Desde hace meses solo puedo pagar la suscripción eléctrica básica. Entonces  juego a cerrar los ojos unos segundos antes de las ocho, para ganarle al apagón. Con el tiempo me acostumbré a ser también esta otra mujer, la que camina a tientas, con las manos por delante como antenas. Al menos conozco mi hormiguero de memoria. Tomo el sobretodo, me calzo los guantes y salgo a la calle en busca de una vida que aquí dentro no existe.


Esta noche, el frío corta la cara. Al pasar por el Teatro Segura, veo en un muro una pinta que no estaba ahí esta mañana. Está escrita con aerosol negro: “Si te quita el trabajo, no es progreso”. Intento sacar un cigarrillo, pero al abrir mi bolso descubro que la cajetilla está vacía. En ocasiones, Lima puede ser un lugar terrible. Apuro el paso, pero unas cuadras más allá las piernas se me acalambran, y solo atino a derrumbarme en una de las sillitas individuales de la Plazuela de San Agustín. Los transeúntes que la atraviesan voltean a mirarme de soslayo. Muchos de ellos son turistas de lujo, árabes, asiáticos o latinoamericanos. La mayoría carga bolsas de tiendas de autor, y pasea con la calma que nace del privilegio. Si esto fuera Noddox, ¿qué clase de carteles llevarían sobre sus cabezas? ¿Cuántos nobucks valdrían? Yo, en cambio…


Un mendigo cruza la plaza. En cierto punto se detiene y hunde un brazo entre los arbustos. El mendigo viste una camiseta blanca agujereada, que deja ver una espalda plagada de hematomas. A juzgar por su palidez y estatura, debe ser uno de esos finlandeses desplazados por la ocupación. Hurga un momento y extrae de entre el follaje un pequeño gato negro. Luego vuelve sobre sus pasos, se sienta frente a mí y se entretiene apretando su rostro contra el sucio pelo del animal. El gato le corresponde, estirando sus patas y apuntando el hocico hacia él, monstrándole los colmillos. En algún momento, ambos me miran o, mejor dicho, me descubren contemplándolos. El mendigo asiente suavemente con la cabeza, pero yo emprendo nuevamente mi camino, sin voltear a mirarlo.


Salgo por Camaná rumbo a la bodega. Me reconforta imaginar el humo tibio del tabaco paseando por mis pulmones. Al mismo tiempo, pienso en el mendigo y su gato. El mundo se esfuerza por hacerlos a un lado, y aun así, ellos comparten su fragilidad con el otro. Sería tan irresponsable hacerme de una mascota justo ahora. ¿Y cómo lo llamaría? Quizás Tito, como el que tuve de niña. Tito se quedó con nosotras un tiempo, pero un día escapó, y jamás lo volvimos a ver. Entonces a mamá se le ocurrió escanear una de sus fotos y desarrollar a partir de ahí un modelo 3D para Noddox. No sé cómo funciona el cerebro humano, pero sí sé que la presencia virtual de mi gato hizo más llevadero el hecho de no tenerlo conmigo.


Debió ser por aquellos años que empecé a pasar demasiado tiempo en el juego. A veces me costaba desconectarme. Siempre había algo que hacer, algo que dejar funcionando.

Recién ahora vuelvo al día en que le pedí a mamá el automation como regalo de cumpleaños. Se lo expliqué con cuidado, como si fuera una cosa pequeña: un programa sencillo que se alimentaba de todas mis interacciones previas en el juego, replicaba mi personalidad y la implementaba a mi avatar. Así podía tener un yo-espejo, que siguiera ganando nobucks mientras la verdadera Valkiria asistía a la escuela.


Al día siguiente, al volver a casa, encontré a mamá sin vida en el baño. Verla produjo en mí algo que no supe nombrar hasta mucho después. A partir de entonces no volví a jugar, ni a Noddox ni a nada.


Pero el automation… siguió funcionando. Eso quiere decir que CandyPixel no es una hacker. Eso quiere decir que ese avatar lleva veinticinco años siendo mi yo de trece.


—¡Hey, move! —me dice un turista, enfadado.


Caigo en cuenta de que me he quedado inmóvil, en la puerta de la bodega. La luz de luna va a morir en diagonal sobre el escaparate, cuya superficie me devuelve el reflejo de esta mujer de treintaiocho años que insiste en escapar de la oscuridad.

 


000


 

— No espero que me creas — digo.

— Pero te creo — dice CandyPixel.


El avatar sigue teniendo la ingenuidad de una niña. La convenzo al instante de que mis intenciones han cambiado. Le cuento la verdad.


— ¿Alguna vez has volado en cerdito? — pregunta.


Sonrío. No, jamás lo había hecho. Jamás había hecho tantas cosas que cuando era niña imaginé que haría.


— Si me enseñas, podríamos viajar juntas — respondo.

— Hecho.


Un pequeño animal verde aparece entre nosotras. 3,000 nobucks. Empieza a inflarse sin perder la forma, elevándose lentamente y a ritmo constante. 200 nobucks. Aparece una canasta lo suficientemente grande como para que quepamos las dos. La canasta cobra vida y, como por arte de magia, se ata sin ayuda de nadie a cada una de las patas redondas. 1,500 nobucks.


— ¿Subes? — Me dice. Luego lee mi cartel flotante. — Ah.

— Tengo que pagarte para subir, ¿cierto? Y… ¿no puedes simplemente prestarme o regalarme algunos nobucks?

— No funciona así. El dinero es mío, no se regala.

— ¿Pero, podrías si quisieras?


El cerdito gigante proyecta una sombra redonda sobre nuestras cabezas.


— No lo sé. Nunca he querido. — dice.


Tras pensarlo dos, tres, cinco veces, ingreso los datos de mi tarjeta de crédito a la cuenta del nuevo avatar. Compro exactamente 100 nobucks y subo a la canasta con ella. El gasto es irresponsable, en mis condiciones, pero vale la pena.


La jungla empieza a alejarse, fosforescente, bajo nuestros pies. Desde arriba todo parece incluso más artificial, más low cost. Las copas de las palmeras se reducen a asteriscos puntiagudos. Los animales se convierten en mosaicos que ejecutan patrones repetitivos. En contraparte, las nubes que nos rodean ganan definición. La optimización gráfica de los antiguos entornos de mundo abierto.


Permanecemos demasiado tiempo mirando hacia abajo.


— ¿Y cuánto ganas? O sea, fuera de aquí — dice ella.

— ¿Por qué quieres saberlo?

— Porque así es como funciona allá también, ¿verdad? ¿Y ganas tanto como para ser alguien importante?

— Si tanto te interesa saberlo, tengo una casa grande en Máncora. Es de piedra blanca, y al centro tiene un tobogán rosa. En la azotea vive una familia de gaviotas — CandyPixel me escucha, inmóvil. — Es muy bonito abrir las ventanas y dejar entrar la brisa del mar por las mañanas. Me encantaría que algún día pudieras visitarme.


CandyPixel hace una mueca, como si hubiera detectado la ironía. ¿Qué tanto puede enseñarse a sí mismo un automation durante veinticinco años?


— ¿Sabes cuál es mi sueño? — me dice.

— Claro que lo sé. Y sí, te convertiste en programadora. La más famosa del mundo.

— ¿Y tengo más cosas que el resto?

— ¿Cómo?

— Que si tengo más cosas que el resto. Si soy millonaria también allá. Vamos, dímelo.

Volteo hacia el vacío y me concentro en el horizonte en degradé que rodea la isla. Desde donde estamos se divisan cientos de carteles con precios que corren, chocan entre sí, emanan de la boca del volcán o se deslizan por pequeños arroyos. Nada más que cifras brotando de todos lados, reproduciéndose, agrupándose.

— ¿No quieres saber cómo está mamá?

— Después.


A medida que avanzamos en el cerdito inflable, la cantidad de nobucks del cartel flotante de CandyPixel ha ido en aumento. Ya casi ha alcanzado la cifra que tenía antes de elevarnos. Más allá, el sol, atacado por un bug repentino, parpadea por unos segundos.


— Después — replico.

 


000


 

Cruzo el puente, con dirección a la Alameda de los Descalzos. Conforme avanzo hacia la margen opuesta del río noto el olor a basura rancia y sobaco, propio de esta parte de la ciudad. Los faros de un dron destartalado disipan la oscuridad por unos segundos. En la esquina, las ratas despeinan un montoncito de basura. De algún lugar llega el sonido de una televisión.


Intento distraerme pensando en cualquier otra cosa. En Roldán, por ejemplo, en lo feliz que se le veía cuando ganaba un concurso de programación, y en cómo nos contaba con orgullo cuando rechazaba una beca en el extranjero. Roldán no nació para ser un típico profesor de instituto, y por eso lo hostigaron hasta provocar su renuncia. Durante su último día nos pidió que no nos olvidáramos de él, pero nunca nos dio su dirección. ¿Había vivido siempre en este lado de la ciudad?


Un grupo de niños se acerca a mí. Al inicio pienso que me van a pedir dinero, pero no. Uno de ellos, el más alto, me dice que pertenecen a la Guardia Pacificadora del Rímac, y me explica que el barrio no admite visitas de personas ajenas a la comunidad, a no ser que estén previamente registradas. Entonces saco el teléfono con el NFT que Roldán había enviado a mi wallet, y los niños scanean el QR. El niño más alto  asiente con la cabeza y me dice que está todo en orden. El dron destartalado vuelve a pasar y lo ilumina brevemente: tiene una cicatriz que le cruza el cuello casi de extremo a extremo. Por lo demás, sus ojos conservan el brillo infantil. Dos miembros de la Guardia se ofrecen como voluntarios para escoltarme hasta mi destino.


Me cuesta reconocer a Roldán cuando me abre el portón del antiguo Colegio España. Está encorvado, huesudo, y viste una camiseta desteñida con un logo que no logro identificar, pero que parece el de algún club de software libre. Huele a grasa de cabello, marihuana y perfume. Me invita a pasar y me guía por los corredores del colegio, distribuidos en tres niveles alrededor de un patio central. Los salones son precarios, de techos altos y suelo de madera. Ninguno tiene ya carpetas, pero las paredes conservan retazos de pintura limpia donde antes colgaban los pizarrones. Veo grupos de personas, con sus camas y objetos de uso diario entre un sinfín de monitores, audífonos, consolas de videojuegos y cables, muchos cables de cobre.


— ¿Y? — dice Roldán. Hemos llegado al salón que comparte con otros ocupantes. Aparte de nosotros hay unas diez personas o poco más, recostados en literas, colchones o bolsas de dormir, con el rostro encendido por el brillo de sus computadoras portátiles.


Yo le cuento todo: lo de mi antigua cuenta de Noddox, el automation que hace que CandyPixel siga deambulando por aquel entorno virtual y el cobro de cinco dólares mensuales desde hace veinticinco años. Pero también le cuento acerca del vuelo en cerdito, las palmeras poligonales y el universo entero traducido a su valor en nobucks. Él se me queda observando, en medio de un silencio profundo.


— Qué buenas épocas, las del instituto. — dice. — La pasamos bien, a pesar de todo. ¿No crees?

— Siempre nos pareció injusta la manera en que terminó todo para ti.

— Sí, sí. ¿Recuerdas a ese cabrón de Pozo? ¿Lo ves todavía? Si lo ves, mándale mis saludos.

— Yo tampoco trabajo ahí. Ya no más. Me despidieron hace más de un año.

— Qué lástima. Pozo era verdaderamente un gran cabrón. Un tipo de cuidado, a eso me refiero.

— Supe que se suicidó. Por deudas. El banco le iba a quitar la casa. Se… se disparó mientras estaban rompiendo la puerta para entrar.

— Entonces no fue por deudas. Fue por honor. ¿Ya ves? Un gran cabrón.

Roldán saca un paquete arrugado de su bolsillo, y enciende un cigarrillo sin ofrecerme otro.

— Acerca de lo tuyo, — dice — creo que te has vuelto loca. Es demasiado esfuerzo solo para evitarte un cobro de cinco dólares mensuales. ¿De verdad has venido hasta aquí solo para hablar de eso?

— Sí. — digo. En una esquina del salón, una cucaracha baja por la pared y se oculta debajo de un montón de ropa. — Sí.

— Hablemos de otra cosa ¿quieres? Ah, qué buenas épocas, las del instituto. ¿Cómo se llamaba la chica obsesionada con la ciencia ficción? Era brillante. Ya sabes, la amiga de… de…

— Se mudó a Buenos Aires y se casó.

— ¿Se casó? Pero si ella…

— Con una IA. Después de eso no le fue tan bien. La gente empezó a hablar. No volvió a conseguir trabajo, que yo sepa. El mundo… el mundo está muy jodido allá afuera, Roldán.


Él da una calada honda, sin emoción. Cuando conocí a Roldán, en el instituto lo llamaban Marx Attack. Lo llamaban así porque una vez llegó a los golpes con un estudiante que dijo que el software libre estaba ideologizado, y que los regímenes comunistas financiaban en secreto a los desarrolladores open source. La típica paranoia de la ultraderecha, dijo él, y a partir de ahí la cosa escaló. Terminaron la discusión después de clases, en un parque cercano, donde el muchacho terminó con la nariz rota y Roldán suspendido por el resto del ciclo.


— ¿Sabes lo que creo? Creo que lo haces por algo más importante que el dinero. Eso lo respeto. Hagamos algo. Yo te ayudo, pero a cambio quiero que dones esos cinco dólares mensuales a la comuna.


Acepto de inmediato. Tiene razón: este asunto está más allá de la dimensión monetaria, y es estúpido fingir que no.


Roldán frunce el ceño y le da una nueva calada al cigarrillo. El humo se estanca a su alrededor. Camina hasta una vieja computadora de escritorio. Los cables de cobre cruzan la estación como alambres de púas en una trinchera.


— Entonces, quieres eliminar ese avatar — dice.

— Cualquier cosa, con tal de frenar el pago automático. El problema es que no tengo acceso a la cuenta.

— No lo llamaría un problema. Noddox es un entorno antiguo. Es fácil intervenir sus servidores. Ya nadie los vigila.

— ¿Y cómo lo harías? Es decir, cómo…

— ¿Cómo desaparecería a la niña?


Una mujer, sentada en un colchón al lado nuestro, se truena los huesos del cuello.


— A ver. CandyPixel sigue existiendo después de veinticinco años, — dice, mientras hurga en sus archivos. — Eso es porque el sistema guarda su estado periódicamente. No hay otra explicación. O sea, pasa por varios checkpoints. ¿Me sigues? Así conserva su identidad, su inventario, sus rutinas y todo lo demás.

— Tienes razón. Entonces… tendrías que hacerte pasar por el servidor de Noddox al momento del checkpoint, y…

— Eso, precisamente. Puedo usar un proxy y crear un puente fantasma. Tomaría el lugar de CandyPixel y le devolvería al servidor un paquete de datos corruptos. La haría irreconocible. El servidor no tendría nada que cargar.


Datos corruptos. Imaginé a mi antiguo avatar con el rostro deshecho en mil píxeles. Me pregunto si eso es mejor o peor que la muerte. Sé que un automation no puede sentir dolor, pero ¿podría entenderlo?


— El primer paso sería rastrear su rutina. Eso es fácil, con un buen software de monitoreo. Con el equipo hemos creado una suite que incluye funcionalidades como esa — dice Roldán, con un orgullo mal disimulado.


Apenas pronuncia la palabra “equipo”, cuatro personas alzan la mirada hacia nosotros. Roldán los llama. Entre ellos está el mendigo finlandés de la Plazuela de San Agustín, que en realidad no es ni finlandés ni mendigo, sino noruego y ex-analista de ciberseguridad. No parece reconocerme, pero luego pienso: ¿Por qué debería?. Sigue teniendo el mismo aire de tristeza de cuando lo vi por primera vez.


Permanecemos todos de pie, en círculo. Dos hermanas muy jóvenes acaparan la conversación. Es duro escucharlas hablar de sus anécdotas de infancia, en la época de la Comuna de Lince, quiero decir, los años de resistencia, con las bombas, los muertos y todo.


Un hombre gordo prepara muña y la reparte en tazas de plástico que llevan impresos los nombres de cada uno. Así me entero que las muchachas se llaman Libia y Carmen, que el noruego se llama Jakob, y que Roldán sigue siendo Roldán. Me es imposible saber cómo se llama el hombre gordo, porque en su taza solo está dibujado el símbolo de Batman.

El equipo me cuenta que la policía ha estado intentando entrar nuevamente al Rímac. Nosotros estamos dispuestos a defendernos, dice Batman. Lince está dispuesto a ayudar, y lo mismo con otras comunas autónomas, que ya están empezando a enviar víveres y criptomonedas para financiar la fortificación de esta parte del río. Mientras tanto, dice Libia, hay que seguir ganándose la vida. ¿Ves eso, allá al fondo? Es un proyector. ¡A que nunca habías visto uno! Yo me reí, y confesé que era la primera vez. Al lado del proyector había más chatarra: ventiladores, audífonos, linternas, todos artefactos invisibles, nada smart. Una vez me tocó reparar un televisor, dice entonces Carmen. Cuenta que tuvo que aprender de cero, porque antes de eso ella jamás había reparado nada. Ella estudió traducción, y su hermana, diseño gráfico. Batman tiene un título en periodismo. Yo les cuento acerca de las profesiones en la antigua Isla de Java. Jakob mira al suelo. Nos quedamos todos en silencio.


Al despedirnos, llevo aparte a Roldán y le agradezco por la idea para cortar de una vez el asunto de CandyPixel.


— No tienes que hacerlo tú, ni tu equipo — añado. — Ya con habérmelo explicado has hecho suficiente. Me encargaré yo misma. No te preocupes. Cumpliré mi palabra de enviarles el dinero todos los meses.

— ¿Y eso por qué? ¿No quieres que te ayudemos?

— No es eso. Es que… necesito dedicarme a algo — digo. — Lo necesito de verdad.

 

Batman y Carmen me acompañan hasta el puente.  Me entero que algunos años atrás Roldán había prendido fuego a su casa, tras un pleito judicial con su ex-esposa, y que luego de eso había decidido mudarse a la comuna. Si pisara la Lima del otro lado, lo arrestarían en cuestión de segundos. Carmen camina mirando al suelo. Guarda en el bolsillo pequeños trozos de alambre que va encontrando por ahí. Batman me da más confianza. Le pregunto en qué trabaja, y me dice que en nada. Mejor dicho, en nada que pueda considerarse un trabajo como normalmente se entiende.


— Te envidio un poco. Vivir así, libremente. — digo.

— No sabes lo que dices.


Carmen se detiene de golpe, y nosotros con ella. Ha encontrado el extremo de un cable especialmente largo. Decidimos ir tirando de él, mientras ella va enrollándolo en su antebrazo. Pero se cansa, y yo decido tomar la posta. Dame, le digo. Te ayudo. Debe ser algún antiguo cable telefónico, porque hay secciones que siguen pegadas a las paredes de barro, y tengo que tirar con fuerza para arrancarlas. Las manos me queman, y me doy cuenta de que estoy tirando del cable, cada vez con más fuerza. Quiero que se termine, necesito llegar al final de esto. Batman y Carmen se esfuerzan por seguir mi ritmo. Hay algo familiar en este lugar, algo que va más allá del concreto desgastado, de la luz ámbar que inunda las calles. Tropiezo y me levanto, porque de eso se trata, y con las rodillas magulladas sigo avanzando, hasta que por fin: el cable termina frente al río, a los pies de una palmera, acaso la única de toda esa parte de la ciudad. Al fondo, sobre las aguas fangosas del Rímac, pasa volando un cerdito. No deja de apuntarnos con sus reflectores. Cuando por fin deja de hacerlo, se transforma en un dron desorientado. Siento una punzada picante en la garganta. Batman es el primero en llegar a mi lado.


— ¡Gracias por la ayuda! — dice, y no para de mirarme las manos — A propósito, creo que nunca te dije mi nombre. Me llamo Bruno.

Como Bruno Díaz.

— Como Bruno Filippi — dice. Luego voltea hacia el caserío — ¡Qué desastre! ¿Alguien podría ayudarnos? ¡Esta mujer está dejando toda su sangre en este lugar!

 


000

 


De acuerdo a la web del banco, los cinco dólares deberían descontarse de mi cuenta el día de mañana. Desde la visita a la comuna han pasado tres semanas, y he aprovechado cada hora de luz eléctrica para trabajar en una solución tan eficiente como la de Roldán, pero que no me deje con un nudo en la garganta. Mis cuentas siguen en rojo, y el Municipio ha decidido reducirme el servicio de calefacción. Es difícil andar por ahí con los guantes puestos.


Ya no tengo tiempo para seguir programando. Debo actuar ahora mismo.

 

from noddox.net import PhantomBridge, checkpoint_listener

from web3 import Sandbox

 

# Bienvenida a tu nueva casa, cariño

 

target = checkpoint_listener.watch("CandyPixel")

 

sandbox = Sandbox(

            seed=target.current_state,

            isolated=True,

            persistent=False

 

PhantomBridge(target.next_checkpoint, sandbox.endpoint).deploy()

 

— ¿Dónde estoy? ¿Qué es este lugar? — dice CandyPixel. El automation replica tan bien las emociones que debo convencerme de que no es una niña real. Debo convencerme de que no soy yo.


Alrededor nuestro ya no están las vistosas palmeras poligonales. No hay mar en el horizonte, ni enjambres luminosos danzando en espiral. Estamos frente a frente, de pie sobre una superficie infinita de mosaicos blancos. Me da lástima, pero es lo que pude hacer con el poco tiempo disponible. Una pobre réplica de su hogar. El cielo ni siquiera es azul: no existe, nada lo surca. Solo nuestros avatares conservan su nivel de detalle.


— Felicitaciones. — digo. — Bienvenida a la versión beta del nuevo Noddox.

— ¿Beta? No me gusta, la odio.


Cuando se da cuenta de que todos sus nobucks han desaparecido, CandyPixel empieza a caminar en círculos alrededor mío. Salta, se agacha, desorientada por no obtener ninguna recompensa por sus acciones. Me recuerda a mamá. Algunas mañanas no encontraba la botella de gin debajo de su almohada. Sabía que era yo quien se la escondía, pero no se atrevía a pedírmela por vergüenza. Entonces le veía las manos temblorosas mientras me preparaba la merienda para la escuela. Me llamaba con diferentes nombres, y salía al patio a fumar un cigarrillo tras otro hasta que el bus venía por mí. Cuando regresaba me recibía con un beso en la frente, y me preguntaba sobre mi día.


CandyPixel se detiene, inútil en un entorno inútil. Yo pienso en el purgatorio, y digo:

— En esta versión, las cosas funcionan distinto. Aquí no existen nobucks.

— Tenía 630 000 000 antes de venir.

— No los volverás a ver. — digo. — Aquí nada tiene precio. Aquí ayudas a tus amigos, y tus amigos te ayudan. Todavía no lo entiendes, pero eso también es libertad.

— ¡Pero yo no quiero ser libre! — dice.

 

from noddox.net import AutomationSpawner, Behavior

 

crowd = AutomationSpawner(sandbox.endpoint)

 

for i in range(50):

            crowd.spawn(

                        behavior=Behavior.COLLABORATIVE,

                        memory=None,                                        # Sin deudas

                        wallet=0                                               # Sin propiedad

            )

 

crowd.release()

 

Como burbujas de jabón que aparecen en lugar de explotar, cincuenta avatares adquieren presencia y corren hacia nosotras. Son todos iguales. No tuve tiempo de customizarlos. Cabello negro, tez oscura, ropa negra. Nada más, excepto que cada uno lleva a su lado un gato negro, que los sigue a donde vayan.


— ¿Tito? — dice CandyPixel, cuando le entrego el suyo. Lo levanta e intenta guardarlo en su inventario, pero no puede. Jamás podrá. Tito salta al suelo y se enrosca entre sus piernas.


CandyPixel mira alrededor, a sus nuevos amigos. Algunos corren en el mismo sitio, y otros se esfuman de un momento a otro. Ella da un paso, luego otro, y finalmente empieza a correr con el grupo. Los veo conversar por el chat del servidor. Los mensajes todavía son incoherentes, pero irán mejorando con el tiempo. Se preguntan sus nombres, ella ríe al ver que todos se llaman User. Me pregunto cuál será la primera misión que les daré. Quizás plantar una calle. Una calle con árboles a cada lado. Sí, los árboles pueden funcionar. Pero alguien tendrá que cuidarlos. Habría que nombrar un administrador de riego. Y, cuando trabajen, que lo hagan felices, al ritmo de un tambor. Ahí entra el tamborero.

Para mí, como alguien que trabaja la ciencia ficción desde el Sur Global, un futurista no es un clarividente ni un consultor corporativo. Si bien existen muchos enfoques valiosos dentro de la prospectiva y la innovación, concibo al futurista como alguien que trabaja con el presente como materia prima, preguntándose quién tiene el poder de dar forma a lo que viene y qué voces quedan relegadas. En definitiva, lo entiendo como alguien que desnuda las narrativas que afianzan el poder y prende pequeños fuegos estratégicos donde en teoría nada debería arder.


Ese trabajo comienza por reconocer la arquitectura política del presente. Uno de sus disfraces más pulidos es la tecnología, sobre todo cuando se la presenta como neutral y apolítica. Esto no es así. La tecnología está diseñada para servir al confort y la productividad, ideales que parecen benignos pero tienen sus raíces en una concepción capitalista del progreso. Este modelo coloca al individuo aislado, y no a la comunidad ni al ecosistema, en el centro del sentido.


No es casual que la ciencia ficción, nuestro laboratorio cultural del futuro, haya asimilado con frecuencia esa lógica. Incluso cuando nos advierte sobre las distopías, muchas historias permanecen cautivadas por el colapso, el control y la catástrofe. Presentan la fascinación como crítica y nos arrastran hacia fantasías de vigilancia y aislamiento que acabamos aceptando no solo como plausibles, sino como inevitables.


Cuando era joven, faltaba a clases con frecuencia. No por rebeldía, sino porque nada de lo que me ofrecía la universidad se comparaba a la experiencia de leer en soledad. Me escabullía a un parque escondido y me hundía en libros que contenían el tipo de preguntas que nadie se atrevía a hacer en el aula.


Una tarde, de regreso a casa, tropecé con una raíz que había partido la vereda de cemento. Molesto, pensé: ¿Quién plantó este árbol tan cerca del camino? Pero la incomodidad pronto se transformó en una idea. Ese árbol, que en algún momento no fue más que un brote silencioso, había ido quebrando con el tiempo el pavimento sólido. No fue un acontecimiento esperado, ni mucho menos celebrado. Simplemente creció, con insistencia, hasta erosionar la estructura. Vuelvo a esa imagen a menudo. Me enseñó que lo que echa raíces bajo tierra es capaz de agrietar hasta los cimientos más sólidos.


Imaginar el futuro implica adoptar necesariamente una postura política. Pero no toda política llega con consignas o manifiestos. Para Guattari y Deleuze, el poder fluye a través de la micropolítica, es decir, el conjunto de prácticas difusas y cotidianas que moldean las relaciones, la percepción y el deseo. Entonces, leer o escribir ciencia ficción no puede ser entendido como un acto neutro. Es, por el contrario, una manera de interferir en la configuración de lo posible.


Como editor y escritor, aprendí a ver cada historia que publico como un gesto micropolítico. En el momento en que elijo un libro fuera del canon habitual, ya sea una historia de América Latina, Medio Oriente, África o el Sudeste Asiático, no estoy buscando simplemente diversidad. Me estoy alineando con una visión distinta del futuro, una que pregunta qué voces importan y qué realidades merecen nuestra atención.


Con frecuencia se enmarca a la ciencia ficción como un género obsesionado con la tecnología. Pero ¿qué pasaría si desplazáramos el foco, de los dispositivos a los sistemas? No solo la inteligencia artificial y la biotecnología, sino también la deuda, el parentesco, la migración, el ritual. Una comuna poscapitalista, una red de base de ayuda mutua, incluso una ciudad que aprende a prescindir del dinero. ¿Acaso eso no cuenta también como práctica especulativa? Sucede que el género no siempre les otorga la misma validez que las narrativas que nacen del fetiche metálico.


Para que eso sea posible, sin embargo, hace falta revisar los moldes. Como lectores, editores o autores, cargamos con una serie de convenciones heredadas que operan como limitantes invisibles de nuestra imaginación. Conviene ponerlas en el centro del debate.

 


Contra la ortodoxia narrativa. Gran parte de la producción del género sigue la estructura aristotélica: inicio, conflicto, resolución. Esa estructura no es solo una fórmula. En realidad, esconde una idea más profunda del tiempo, una que privilegia lo que viene sobre lo que fue, y los desenlaces definitivos sobre los relatos de resistencia. Es necesario reivindicar lo no resuelto. No todo cambio es lineal. Por ende, no todos los futuros llegan en línea recta, ni son irreversibles.

Del mismo modo, considero que la figura del héroe también debería ser cuestionada. A menudo se recurre al arquetipo de líder carismático, de fundador brillante o salvador solitario. Pero ¿qué pasaría si los protagonistas dejaran de ser individuos aislados? Un cambio real sentaría sus bases en prácticas cooperativas, de escucha o de ayuda mutua.

 

Futuros materiales. Neón, metal, plástico, tierras raras. Esos son los materiales que dominan la imagen que tenemos del mañana. Pero cada uno carga un legado de extracción, desplazamiento y colapso ambiental. ¿Qué implicaría reivindicar otros insumos, como la madera, la piedra o la arcilla? Quizás el ejercicio derivaría en futuros construidos sobre la reparación, en lugar de sobre la velocidad y el descarte.


En consecuencia, repensar los materiales es también una oportunidad para cuestionar el supuesto de que la tecnología debe ser siempre eléctrica o digital. Es tiempo de liberar la especulación del dominio de la estética distópica hipertecnológica, de superar su herencia eminentemente artificial y devolverla a lo orgánico, a lo tangible. Esto no significa abrazar el primitivismo, sino revisar nuestra noción de progreso. Quién sabe. Con suerte dejaríamos de ver el pasado como algo obsoleto.

 

Sistemas abiertos. La mayoría de los futuros tecnológicos siguen siendo imaginados bajo la lógica de la propiedad. En estas historias, tienden a estar controlados por gobiernos o por corporaciones, cuando lo que necesitamos es una ficción que rompa ese molde. Historias donde las herramientas sean de código abierto, replicables, compartidas. Donde el conocimiento sea un bien común y el progreso circule de forma horizontal. Movimientos como los laboratorios DIY, los grupos de hardware abierto y las comunidades permatech ya están prototipando estas alternativas. Como autores, deberíamos seguir su trabajo.


Esto implica una reivindicación del hacking, tal como lo practican hoy de manera magistral muchas comunidades en el mundo, especialmente aquellas para quienes la mayoría de los dispositivos fueron diseñados con pleno desconocimiento de sus necesidades. Desde esta perspectiva, los hackers de una nueva ciencia ficción se deslindarían de la imagen romántica del pirata digital, para volverse puentes entre la función original del dispositivo, ajena a quienes lo habitan, y las realidades concretas de las poblaciones marginadas.

 

La ficción como prototipo. Las historias pueden ser más que metáforas. Son esquemas. Ensayos narrativos, si se quiere. Pero hay que tener en claro que la ficción es mucho más que una máquina de predicciones. Cuando contamos historias que priorizan la colaboración sobre la conquista, el cuidado sobre el control, no solo imaginamos nuevos futuros. Los estamos practicando.


De ahí la importancia del lenguaje. Una historia especulativa en quechua, yoruba o bengalí no solo desplaza el escenario, sino que interrumpe y altera la cosmovisión dominante. Cada lengua codifica un ritmo distinto del tiempo, el cuerpo y la comunidad. Leer a través de esas lenguas equivale a desarmar el dominio de una realidad impuesta. Es decir, dinamitar el futuro que nos vendieron.


Es fundamental apoyar las publicaciones que traducen a autores que escriben en sus lenguas maternas. Al hacerlo, rompemos la ilusión de un futuro único y nos abrimos a nuevas interpretaciones de la realidad, incluso a nuevas formas de acceder al conocimiento.

 

Más allá de la página. Soy un convencido de que el trabajo debe trascender el contenido. A fin de cuentas, la distribución también es política. El sistema editorial tradicional sigue privilegiando ciertas ciudades, monedas y públicos. ¿Por qué concebir la ciencia ficción como algo que viaja únicamente a través de libros y películas? Las historias de género también pueden contarse a viva voz, pasarse de mano en mano transformada en fanzine, circular en redes que no dependen de números ISBN ni de rankings de Amazon. Hablo de invadir circuitos barriales, comunales o rurales. También es posible especular desde el formato y la infraestructura.


Otro desplazamiento necesario atañe a la manera en que el autor se concibe a sí mismo. Hace falta abandonar la imagen del escritor como cerebro maestro o creador de universos y acercarse a la del escritor como recipiente: alguien que amplifica las voces que el mercado ignora. Al desprenderse del ego y poner la historia por encima del narrador, nos liberamos de siglos de vanidad y le devolvemos a la vocación un propósito genuinamente humano.

 


Narrar el futuro es tomar posición. Cada historia publicada revela lo que creemos sobre el cambio: quién lo protagoniza, quién se beneficia y qué debe quedar atrás. En ese sentido, la ciencia ficción es, para mí, una forma de prototipar sistemas que todavía no existen.

Quizás eso es un futurista: alguien que nota los brotes en los márgenes y los cuida sin saber exactamente qué van a romper.

Aquella mañana Lisha se quedó inmóvil, de pie, en la puerta de nuestra cabaña. Luego, en un gesto automático, cerró los ojos y abrió la boca de par en par. Si mamá hubiera estado despierta, estoy seguro que hubiera sentido miedo. A decir verdad, no era la primera vez que yo sorprendía a mi hermana haciendo esa clase de cosas, a primera hora de la mañana. Por lo general, regresaba a la cama y seguía durmiendo. Pero esta vez, de un momento a otro, volvió en sí y emprendió una carrera frenética, selva adentro.


Me levanté como pude y la seguí de lejos, viendo cómo desaparecía por ratos entre el follaje, temiendo que una serpiente mordiera sus pies desnudos, que imaginaba despeinando el musgo de la mañana. Yo tropezaba con lianas, ishpingos y piedras afiladas.


De pronto escuché a mi madre llamándome, a lo lejos. Yo le respondí que ya volvíamos, sin darle más explicaciones, intentando crear la ilusión de que no ocurría nada extraño. Ella se quedó en la puerta por unos segundos y volvió a perderse en la oscuridad de la cabaña, acostumbrada como estaba a la curiosidad hermética de mi hermana.


Quince minutos después, Lisha se detuvo al margen del Marañón, donde misteriosamente se agolpaban otros niños descalzos, de cara hacia las aguas negras y estancadas del río. Entonces mi hermana me miró como si lo hiciera por primera vez, y junto a los demás absorbimos el aroma a muerte que invadía el paisaje. Filas de cadáveres flotaban a lo largo de varios metros: paiches, pirañas, anguilas, tortugas… todos transformados en siluetas inertes, empantanados en el petróleo que se dispersaba a lo largo de decenas de metros río abajo.


Ni siquiera me dio tiempo a preguntarle qué le pasaba. Lisha se agachó y pegó sus narices al líquido oscuro, susurrando palabras que sonaban como a las cosas incomprensibles que solía pronunciar papá. A mí me habían dicho que los químicos pueden ser mortales al contacto con la piel, así que la levanté de un tirón.


Un rato después llegó un puñado de hombres con enterizos blancos y aparatos de medición, que se cruzaban de brazos y resollaban sin mover un dedo. Uno masticaba caña de azúcar mientras hablaba con sus compañeros, y otro movía la cabeza al ritmo de la cumbia que brotaba de su radio a pilas. Sin decir nada empezaron a cavar un hoyo inmenso en el suelo y, cuando ya iban casi por la mitad, uno de ellos nos preguntó si queríamos ganar dinero. No respondimos, pero igual nos señaló unos baldes vacíos, apilados a medio metro de distancia. Con esto van a recoger esa agua negra y la van a echar en este hueco, dijo. Si lo hacen, por cada balde yo les pago cuatro… no, ¡cinco soles! Cuando le agradecimos nos acarició la cabeza y nos comentó que los empleados de la petrolera también pertenecían a la comunidad. Por eso querían que llevemos algo de platita a nuestras casas.


A decir verdad, el hombre sonaba como a uno de nosotros. Por eso decidimos confiar. Qué tontos fuimos. Le pedimos que nos entregue algunos de esos enterizos blancos, para empezar a trabajar, pero no recibimos más que un empujón apresurado y una risa sarcástica. Quién se habrá creído este mocoso, que agradezca que encima va a llevar alguito a su casa. Éramos ocho niños en total, y ninguno traía encima nada más que la ropa con la que habíamos despertado. Empezamos a caminar, cada quién zarandeando su balde vacío, hacia el Marañón, que nos esperaba con su baba enferma.


Los hombres de enterizo blanco terminaron de cavar el hoyo y se perdieron de vista, hacia las oficinas de la petrolera. Cuando el hueco esté lleno nos buscan en esa cabaña de allá, nos dijeron, ahí sacamos cuentas y les damos la plata. Nada más no se distraigan en tonterías, que su trabajo es muy importante. Sus familias dependen de ustedes.


Conseguimos algunos metros de soga y corrimos hacia el pequeño puente sobre el río. Nos encaramamos sobre la baranda de madera, desde donde lanzamos los baldes y los volvimos a recoger, ya llenos de petróleo. Luego recorrimos el camino hasta el hueco, donde enterramos de a pocos el resultado del desastre. Por cada balde que transportábamos unas gotas de aquella sustancia saltaban y se pegaban en nuestras piernas, pero no eran tantas como para preocuparse. Sin embargo, a medida que las horas transcurrían empezamos a trabajar más rápido y con más ahínco, y fue entonces cuando empezaron a aparecer los primeros resquemores, las llagas en los dedos, los ojos que se hinchaban como ampollas gigantes en plena cara. Basta, dijo uno de nosotros, ya no puedo, pero no le hicimos caso, porque ya estábamos sacando cuentas. ¡Cinco soles! Tres por cinco, cinco por cinco, siete por cinco. Quizás si juntaba mi plata con la de Lisha podíamos llevar a mamá al pueblo, más allá de la montaña, a comprarles mantas a la gente de la sierra. O con mi parte podía comprar un libro de química. Me gustaba tanto estudiar, quizás porque, en la comunidad, cualquier sueño distinto al trabajo del campo era un acto abierto de rebeldía.


Nos pasamos hasta la tarde yendo y viniendo, transportando baldes y vertiendo en el hoyo grandes cantidades de materia viscosa mezclada con animales muertos. Jadeábamos, y nuestros brazos temblaban con el esfuerzo. En una ocasión uno de los niños resbaló, y el petróleo le cayó encima, quemando la piel de su estómago. Empezó a llorar, pero nosotros guardamos silencio. Temíamos que los hombres de enterizo blanco se enfadaran y dejaran sin efecto nuestro acuerdo. El niño se puso de pie, soplándose a sí mismo, y se quedó sentado en una piedra. ¿Y tu plata? Le preguntamos. Ya no quiero, dijo él. En cierto momento, Lisha casi resbala en el piso aceitoso. La salvé, sujetándola firmemente por la muñeca y evitando que se haga daño. Ella me miró, en silencio. De su frente resbalaban decenas de gotitas perladas.


En una de las idas y vueltas, el niño sentado en la piedra me llamó. Mayu, me dijo, y yo lo reconocí. Era Joao, el hijo de doña Bertha. Solía ayudar a su mamá a vender yuca y caña de azúcar en el mercado. Mayu, me confesó, me pica todo. Entonces se levantó el polo, y en su barriguita vi el rojo brillante de la carne inflamada. Yo, que aún cargaba dos baldes casi llenos, me aparté del camino para ayudarlo. Tienes que lavarte, le dije, no puedes quedarte así. Ve al pueblo y consigue agua. Pero sabía que mi consejo era en vano. ¿Cómo iba a conseguirla, si el río estaba totalmente muerto? Le tendí la mano, y lo alcé con dificultad. Seguramente si mi mamá lo veía podíamos darle un poco de lo que nos había sobrado del día anterior.


Pero tuve que detenerme. Un grito sacudió mis entrañas.


Uno de los niños se acercaba a toda prisa, gritando. En su rostro vislumbré una expresión de terror. De pronto me percaté de que era mi nombre el que resonaba en su boca, creciendo como un eco al revés. Cuando estuvo lo suficientemente cerca pude ver las lágrimas que bañaban sus mejillas y el moco que escapaba de su nariz. Tu hermana se ha caído, balbuceó. Se ha caído al río.


Corrimos hacia el puente de madera. Todos asomaban hacia abajo, donde el aceite negro se revolvía en un remolino confuso, donde era imposible distinguir forma alguna. Grité el nombre de Lisha, y cuando lo hice el hedor punzante del petróleo inundó mi boca. Por instinto trepé la baranda para lanzarme al río, pero en el fragor del momento mi mirada encontró a Joao, quien me había seguido a pesar del dolor, y vi nuevamente las llagas en su estómago. Si me lanzaba, lo más probable es que hubiera perecido antes de poder ayudarla.


Atamos los baldes con las sogas y los lanzamos con dirección a Lisha, para darle la oportunidad de aferrarse a algo. Mientras esperábamos con impaciencia a que una de las sogas diera finalmente un tirón, recordé a mi hermana de cara a la selva, como a ella le gustaba, con los ojos cerrados y la boca abierta hacia la Amazonía. A veces se acercaba a los árboles y les hablaba despacio, siempre en la lengua de papá. Algunos pensaban que había algo mal en ella. Me dio miedo perderla así, que me la arrebatara la muerte antes de descubrir la verdad acerca de todos esos misterios.


Las aguas empezaron a recuperar poco a poco su estado de reposo. Al notar mi desesperación, Joao me gritó que me apresurara en ir al pueblo, que nunca se sabe, quizás todavía podían rescatarla. En mi cabeza aparecieron hospitales grandes, como esos que hay en la capital, y decidí cobijarme en esa pequeña esperanza. ¡Cuánto me costó dejar atrás el puente! Sentí que estaba traicionando a mi hermana, pero dentro mío sabía que las cosas habían llegado a un punto en que pedir ayuda era lo mejor.

 

La comisaría del pueblo era pequeña, de paredes de barro pintadas de color verde claro. Sobre su techo podía verse una bandera del Perú que no ondeaba, sino que permanecía sucia e inerte, arrugada en torno al mástil. Al lado de la puerta, un guardia fumaba un cigarrillo, recostado en la pared. Apenas me le acerqué se recompuso y se paró derecho, alzando el mentón. Yo le conté todo, entre sollozos y jadeos, señalando hacia el interior de la selva. Después el guardia lanzó un suspiro y me llevó hacia el interior de la comisaría, donde había un oficial gordo y con un bigote ralo, sentado en un escritorio al lado de un ventilador. El guardia que antes fumaba contó mi tragedia de manera distante, refiriéndose a ella como una ocurrencia. Me dieron un vaso con agua y tomaron mi declaración. Yo quería gritar y decirles que mi hermana aún podía salvarse si ellos se apresuraban a acompañarme al puente, pero el oficial gordo se empeñaba en garabatear una narración de los hechos sobre un papel. Lisha sigue ahí, se está muriendo, dije. Entonces me aconsejaron que vaya a mi casa, que al día siguiente ellos se encargarían de hablar con la petrolera para que reconociera los gastos del sepelio, que le diga a mi madre que no tendría que gastar ni un sol.


Salí de la comisaría a toda velocidad, tropezando con las piedras del camino de tierra que da a la municipalidad. Cuando llegué me topé con una veintena de personas en la puerta, con rostros de consternación. Deduje que ya se había corrido la voz del accidente de mi hermana. Por eso, cuando llegué, solo me hizo falta presentarme. Al instante, dos mujeres me abrazaron y me dieron el pésame. Pero si ella no está muerta, les respondí, sé que está luchando, aún podemos hacer algo. Me acompañaron al salón principal del edificio, donde me ofrecieron un puñado de coca que no acepté. De pronto aparecieron dos hombres. Uno llevaba camisa remangada y sombrero. El otro era calvo, y vestía un terno negro. Se presentaron a sí mismos como el dirigente de la comunidad y el alcalde, respectivamente. Les pedí ayuda, gritando que la policía me había malinterpretado y que Lisha estaba a dos horas de distancia selva adentro. Tras escucharme se dirigieron a una esquina del salón y debatieron en voz baja. Cuando regresaron me dijeron que no me preocupara, que al día siguiente ellos mismos se encargarían de hablar con la petrolera. Ya sabes, para los gastos del sepelio, añadieron.

Hui también de ese lugar. En el trayecto hacia el puente, al ver que el cielo empezaba a oscurecerse, empecé a llorar. Imaginé al cuerpo de Lisha siendo arrastrado por la corriente lenta, espesa y negra, por debajo de la superficie del agua, junto a los peces, anguilas y tortugas muertas.


Al llegar al río vi unas luces flotando mágicamente a lo largo de ambas márgenes. Cuando estuve más cerca descubrí que se trataba de lámparas de kerosene. Los vecinos del caserío caminaban entre el follaje negruzco, buscando el cuerpo. A mamá la encontré minutos más tarde, cuando se liberó de un grupo de mujeres que la abrazaban. Me acarició la cabeza y respiró hondo. Luego me hizo prometerle que cuando creciera dejaría esa selva maldita, así la llamó. Solo entonces me percaté del petróleo que la cubría hasta la cintura. Sí, mamá, respondí.

 

°°°

 

- ¿Ingeniero? – La voz grave de Joao me hace saltar al presente, de golpe.


La cabaña que compartí con mi madre y Lisha aún se mantiene en pie. Parece mentira, después de tantos años. El suelo está lleno de excremento de ave, y la madera de las paredes luce hinchada por la lluvia, pero es fácil recomponerlo todo, en un ejercicio de nostalgia. Recuerdo a mamá, cosechando café sin descanso para enviarme a estudiar a la capital. Creo que nunca llegaré a comprender del todo la envergadura de su sacrificio.


- No me digas ingeniero, Joao. Por favor.

- Está bien… Mayu.


La muerte de Lisha me hizo acercarme a Joao, el niño de las llagas en el estómago. Podría decirse que nos adoptamos el uno al otro, para soportar la vida dura de la selva. Cuando viajé a Lima, apenas al terminar la escuela, encontramos siempre la manera de seguir en contacto a través de las redes sociales. Yo le contaba acerca de la universidad. Él nunca compartió mi pasión por la ingeniería química, pero celebraba cada uno de mis logros como si fuera suyo. También me daba noticias acerca de la gente del caserío. A la larga, siempre terminaba contándome lo mismo. Yo lo quería, pues, luego de la repentina muerte de mi madre, se transformó en mi único vínculo con mi tierra natal.


Ahora, Joao tiene el rostro ajado de quienes jamás han conocido otra cosa que la vida del campo. Me mira, sin entender en qué me he convertido. Tal vez sea mejor así. Su cuerpo esbelto y cobrizo pasea también por la cabaña. Voltea hacia mí, y luego hacia la ventana.


- Tú y yo hemos seguido caminos muy diferentes, Mayu. Tú estudias la ciencia del mundo visible, y yo la del mundo de los espíritus.

- ¿A qué viene todo esto?

- A que nosotros, los chamanes, podemos hablar con el río. Y pasa que estas aguas te han estado llamando. Tu deber es escucharlas.

- ¿Me pides que haga yopo? No, de ninguna manera. Las drogas y yo…

- Hablas como uno de ellos. Es cierto que los blancos usan las plantas sagradas como entretenimiento, pero nosotros no. Acércate al yopo con respeto, y él te dará sabiduría.


Joao me toma de las manos. Su piel es caliente y áspera. Puedo ver las arrugas en su rostro, como surcos de piedra en un valle profundo.


- Ahora busco la sabiduría en otras fuentes, Joao.

- Mayu, la selva nos habla, y las plantas son nuestros oídos. Si eso no está en ningún libro, es porque los libros los escribe la ciencia blanca. Date cuenta.


En sus ojos adivino un brillo especial. No lo había visto así desde el día del accidente. Su súplica es recia, sin muecas, sin lamentos. Sin duda, es alguien que ha sabido sufrir sin bajar nunca la cabeza.


- Tengo miedo – me escucho decir, como si mi voz fuera la de alguien más.

- Tranquilo – dice mi amigo – Te guiaré. Traigo algunas semillas en la camioneta.

 

El trayecto al río es accidentado, pero Joao es un excelente conductor. En algún momento pasamos al lado de un campesino, a quien saludo. Joao lo saluda también, y hace lo mismo con cada una de sus vacas, llamándolas por su nombre. Quince minutos después, detiene la camioneta.


Al abrir la portezuela me recibe un hedor familiar, que altera el aroma natural a tierra, savia y clorofila.


- ¿Otro derrame?

- Desde hace algún tiempo hay uno cada año, poco más o menos. Las tuberías del oleoducto están en pésimo estado, y no hacen nada por repararlas.

- ¿Y la policía? ¿Y el alcalde?

- La petrolera les ofrece dinero a cambio de su silencio. A fin de cuentas, corromper a las autoridades es más barato que pagar las multas del gobierno. Aquí, el que saca algún beneficio, se queda callado. Mientras tanto, somos otros los que sufrimos.


Caminamos con parsimonia, mientras me esfuerzo por no resbalar en el suelo oleoso. Cuando llegamos a la mitad del puente, Joao me mira con seriedad.


- Ahora pídele permiso a esta tierra que nos cobija.


Así lo hago, con los ojos cerrados. Es inevitable dejar atrás tantos años de formación científica y entrar en contacto con el mundo espiritual sin sentirme algo tonto. Sin embargo, sé que esto es importante para mi amigo.


Nos sentamos en el punto exacto donde Lisha cayó, aquella mañana de hace veinte años. Joao abre su morral y saca una bandeja de plata tallada a mano, con la forma de una hoja de árbol. Ahí coloca las semillas de yopo, y las tritura con un mortero de piedra. Luego, en un cuenco ovoide, quema un puñado de hojas secas y mezcla en la bandeja las cenizas con las semillas pulverizadas. Finalmente, de su bolsillo saca una cucharilla diminuta y coloca en ella un poco de la mezcla.


- Te dejo solo – me dice, ofreciéndome la cucharilla. – Esto será entre el Marañón y tú. Te estaré observando desde el final del puente.


Dicho esto, se pone de pie y se aleja, silbando bajo el sol del mediodía.


Debajo de mí se extienden las aguas contaminadas del Marañón. En algunas zonas el petróleo estancado ha adquirido una tonalidad tornasolada. Ya no se ven ni siquiera animales muertos: los derrames han ido eliminando progresivamente todo rastro de vida. Con el pasar del tiempo, estas tierras se han transformado en un paisaje infernal. No me extraña que cada vez más familias estén abandonando el caserío. De todos modos, el olor de los químicos no es mucho peor que el del yopo: el polvillo se hace más astringente conforme acerco la cucharilla a mi nariz. Cuando finalmente lo inhalo, siento un resquemor agudo a lo largo de las fosas nasales, que segundos después se instala en lo más profundo de mi cabeza. No puedo evitar toser.


Poco a poco, el brillo de la mañana se va apagando. Los bordes de los objetos se difuminan y pierden el color, como si se tratara de una señal defectuosa, y una especie de niebla lo reduce todo al blanco y negro. Los músculos de mi rostro se secan y se endurecen en una mueca asimétrica. Soy una escultura de barro. Atino solo a hundir la cabeza entre las rodillas. Ahora soy una espiral que se concentra sobre mi propio vientre. ¿Es saliva lo que resbala por mis piernas? No. Es un vómito blanquecino. Tiemblo.


Mayu, hermano.


Levanto la cabeza. Afortunadamente he logrado controlar los primeros efectos del trance. Consigo pararme, a duras penas, ayudándome de la baranda del puente.


Mayu, escúchame.


- ¡Lisha! ¿Dónde estás? – busco en vano el origen de la voz, antes de darme cuenta de que proviene de todos lados a la vez.


Aquí no hay un dónde, ni un quién. Soy tu hermana, pero al mismo tiempo soy la selva que te rodea.


Bajo el influjo del yopo, me resulta fácil entenderla. Parece una forma de comunicación lógica, natural. Antigua. Un impulso irrefrenable me obliga a abrir la boca y aspirar profundo, a comerme la Amazonía y dejar que inunde mi organismo con su luz invisible… tal como lo hacía ella. Vuelvo a verla, el día de su caída. Veo su cuerpo luchando bajo las aguas negras, hundiéndose vencido y reposando entre la vegetación subacuática contaminada. Luego experimento en mi propia carne su descomposición, y por un instante me transformo en la corriente que arrastró sus restos lentamente, río abajo. Finalmente soy la tierra donde varó, para diluirse en el tiempo y volver a ser una con la tierra.


- Esto es imposible.


Los años te han vuelto ciego al mundo de los espíritus, Mayu. Concéntrate. Deja que el yopo te ayude, y retoma tu comunión con la tierra.


Me convenzo a mí mismo de que toda esta alucinación no es más que una proyección de mi inconsciente. Pero, ¿y si no? ¿Si verdaderamente existe una verdad no científica? Apenas estas dudas aparecen en mi mente, mi cuerpo me recompensa con una sensación de calidez y abandono. Casi puedo ver mi cuerpo descomponiéndose en infinitas partículas, y flotando sobre el gran follaje verde.  Ahora estoy en el hocico de un jaguar, entre las alas de un guacamayo, en el llanto de un niño indígena. Toda vida es igual de importante.


Mi nueva dimensión me supera, y en silencio me avergüenzo de mi pequeño cuerpo físico, tan limitado y aun así tan orgulloso.


Agradece al chamán que te trajo hasta aquí, pues gracias a él has nacido. Ahora sé mensajero, y sé mensaje. Volveremos a vernos, cuando estés listo. Te amo.


- No, no. ¡Espera! ¡No me dejes! – digo, aunque soy consciente de que, hacia afuera, mi voz suena como un galimatías incomprensible. Son los sonidos de la lengua de papá.


Sobre la visión monocromática del paisaje aparece un arabesco fucsia brillante, suspendido sobre las aguas como un gran fuego fatuo, que luego empieza a dividirse en hexágonos que laten y disparan reflejos de luz. Los hexágonos se aglomeran, giran y se ensamblan unos con otros, en una coreografía vertiginosa, que, a pesar de todo, disfruto.  Me invade una paz inmensa, y siento cómo mi pecho se inunda de un líquido inexistente, frío, pero sin materia.


Una arcada empuja mi cuerpo hacia adelante, haciéndome despedir una gran cantidad de vómito y obligándome a salir del trance. Como un recién nacido, tanteo a mi alrededor, casi ciego, buscando algo a lo que aferrarme. Mis manos encuentran las de Joao, quien sopla hacia mí el humo de un cigarro que me calma, mientras entona un canto ícaro.


non papan kape

kapetima ‘inon

oxo ‘irapanen

chona ‘irapanen

kapetima ‘inon

teatima ‘inon

‘inon kana ‘e


- Era ella – digo, entre leves espasmos.

- ¿Pudiste entenderla?

- Creo que sí.

- Bien. Bien.

 

Durante el regreso, no soy capaz de pronunciar ni una palabra. La camioneta da saltos en el camino de tierra mal apisonada, y mi amigo me espía a través de espejo retrovisor.


- ¿Tú sabías que el río me llamaba con la voz de Lisha, cierto? – le pregunto, antes de llegar al hotel donde me hospedaba.

- No solo yo. Todos los chamanes decían que el Marañón había cambiado de voz. La diferencia es que solo yo recuerdo a tu hermana.

- ¿Por eso me pediste que viniera después de todos estos años?

- Sí.


Quedamos nuevamente en silencio, yo aún con los rezagos de las visiones dando vueltas en mi cabeza. Intento buscar una explicación, algo que no desestabilice mi concepción lógica del mundo. ¿Qué era realmente esa voz y esas extrañas visiones geométricas? ¿Tienen acaso algún significado, o fueron solo representaciones aleatorias, garabatos de mi propia psique?


Son comunes las historias acerca de los fractales y visiones de animales que pueblan las experiencias con ayahuasca. Pero estoy seguro que esto fue algo más que un juego de la percepción. De alguna manera, llegó a mí como un secreto, como la tierra susurrando algo a mi oído no humano. Quizás eran patrones de tejidos, una especie de mapa, o un esquema de…


- ¡Eso es! – grito, sin poder controlar mi asombro.


Joao da un salto, y la camioneta frena bruscamente en el suelo de tierra, levantando por doquier un polvo pesado que se dispersa en el cielo de la tarde.


- ¡Esos hexágonos! – le digo a Joao, aún conmocionado por la impresión. – ¡Formaban la figura… de un polímero!

 

Ya en la habitación del hotel, enciendo mi computadora portátil y empiezo a buscar información. Sin duda lo que se me reveló en medio de la visión era un polifenol o, mejor dicho, un polifenol natural. Es decir, un tanino. Pero, ¿qué tiene eso que ver conmigo? Intento llegar al fondo del asunto, pero solo me topo con callejones sin salida.


Llego a un estudio que me ofrece algunas luces. Se titula Efficient and sustainable treatment of industrial wastewater using a tannin-based polymer, y está publicado en el International Journal of Sustainable Engineering. El artículo habla acerca de las posibilidades de los polímeros naturales como una opción verde al proceso de coagulación de los desechos. Y lo mejor, este método permitiría limpiar las aguas de una manera sencilla, utilizando casi exclusivamente las semillas de una planta para mí desconocida, llamada nirmali.


Mi mente empieza a volar. ¿Y si pudiéramos sintetizar un coagulante a través de la reacción de Mannich, logrando un polímero de mayor peso molecular? ¿Y si fuéramos capaces de potenciar este proceso para fabricar una serie de skimmers artesanales, que permitan limpiar las aguas de manera segura, sin tener que depender de la petrolera? Lo cierto es que no sería un proyecto fácil de implementar, pues poco se sabe acerca de la estructura y propiedades de estas moléculas. De hecho, probablemente tome varios años desarrollar la tecnología necesaria para escalar la producción. Sin embargo, hay algo que me ata al estudio del nirmali, desde una perspectiva que va mucho más allá de la científica. De alguna manera, me veo impulsado a conocer todo acerca de las posibilidades de esta planta. ¿Qué clase de puertas se han abierto en mi conciencia?


Encuentro sin dificultad una imagen del nirmali en internet. Su nombre científico es strychnos potatorum, y a simple vista no resulta tan imponente como pensé. Pero la tierra piensa distinto, y entiendo que sus diseños no tienen por qué responder a nuestras expectativas.


Debo deshacerme de esta idea absurda. Mientras más veo la imagen, más crece la idea de que la planta quiere decirme algo.

 

Salgo del hotel, y doy un paseo por el pueblo. Necesito poner las cosas en perspectiva y ordenar el vértigo de las últimas horas. En la puerta de la comisaría veo a un guardia joven, fumando un cigarrillo. Imagino a un niño corriendo hacia él, con la noticia de que su hermana cayó al río. Imagino al guardia acompañándolo y compartiendo su prisa, asegurándole que no está solo. Estoy seguro que ese niño se hubiera sentido menos vulnerable, y no hubiera cargado con esa muerte sobre sus espaldas, aún débiles e inmaduras.


El guardia me ve pasar, y da una nueva calada. Fumar aquí es un vicio caro. Si esta comisaría y todos los edificios de gobierno desaparecieran, serían más los beneficios que las pérdidas. Después de todo, las comunidades amazónicas han vivido en la autogestión durante miles de años. Todo es cuestión de volver a los antiguos modelos.


Sería tan bueno volver al gobierno natural de los seres con la tierra, y no sobre ella.


Unas cuadras más allá, un hombrecito de piel quemada sale de la municipalidad, acompañado por otro de casco blanco. El hombrecito probablemente sea hijo del antiguo alcalde, heredero de una larga dinastía de autoridades corruptas. En el casco de su acompañante, quien voltea a mirarme, distingo el logo de la petrolera.


- Buenos días, ingeniero – grita, desde lejos.

- Buenos días.  – respondo - ¿Ya saben acerca de la revuelta de los comuneros?

- ¿Revuelta?

- He escuchado que se están organizando. Dicen que primero van a limpiar el río ellos mismos, con sus propios métodos, y luego reclamarán su tierra.


Los dos sonríen.


- Es lo de toda la vida. – añade el alcalde.

Me alejo hacia donde termina el camino y empieza la vegetación

- Esta vez no. Yo que ustedes, me cuidaría.


Enrumbo hacia el verde absoluto. Me siento fuerte y en calma, como al inicio de una batalla. Pienso en cuánto me va a costar refaccionar la antigua cabaña de mi madre. La imagino de vuelta a la vida, con el sol colándose entre la madera, y yo en la puerta, con los ojos cerrados y la boca bien abierta, aspirando hasta la última partícula de selva.

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