Mi avatar aparece en el mundo virtual de Noddox. Al inicio me resulta difícil reconocer mi forma. Soy una pila de cubos y cilindros que se mantienen unidos sin ninguna lógica, salvo la física impuesta por el juego. Mis manos son tenazas mal renderizadas, y donde debería estar mi rostro percibo una síntesis compuesta por dos ojitos y una sonrisa.
Observo mi entorno. La vegetación es una versión neón de una naturaleza pródiga y amigable, tridimensional, pero aun así, con cierta angulosidad poligonal. Todo junto compone un universo luminoso y profundo, con el cielo surcado por enjambres geométricos, que deberían ser insectos. Doy algunas vueltas sobre mi eje, absorbo la esencia del lugar no-lugar, la luz no-luz, la vida que solo existe dentro de este entorno online abandonado desde hace décadas.
¿Qué tipo de movimientos puedo hacer? Puedo caminar, puedo saltar, puedo seleccionar objetos a mi alrededor y conocer su valor en nobucks. Esta semilla rosa, por ejemplo, vale diez mil. Aquel fósil, cinco mil. Lo mismo con una zarigüeya que pasa corriendo a mi lado.
Yo, en cambio, valgo cero.
También puedo trepar, y al parecer lo hago bien. Me encaramo con agilidad a la parte más alta de una palmera, desde donde domino casi toda la isla. A unos metros de distancia, en las faldas de un volcán, diviso un cartel flotante. Eso quiere decir que, aparte de mí, hay otro avatar en este espacio virtual. El cartel dice: CandyPixel.
Me dejo caer, sin temor a dañar un cuerpo que jamás conocerá el dolor, y corro entre el follaje. Agua que no moja. Lodo que no resbala. No me toma mucho tiempo llegar al volcán y ocultarme detrás de una roca para analizar el entorno.
Ante mí se alza una mansión gigantesca. Me es imposible encontrarle una forma definida. Es, más bien, una acumulación de habitaciones transparentes, anexadas sin ningún criterio funcional. Hay un garaje en la azotea, una piscina en el segundo piso, un pequeño restaurante en el primero. Los tres niveles están conectados entre sí por un tobogán fucsia. Pero, por más que aguzo la vista, no hay rastro de CandyPixel.
— ¡Imposible! — escucho una vocecita detrás de mí, que me hace dar un salto. — ¿De verdad vales cero nobucks?
— ¿Qué? Es que yo… — volteo a verla. Su avatar es pequeño. Tiene el cabello rosa, recogido en dos coletas, con una armadura negra plagada de accesorios: un jetpack, un cinturón de herramientas y botas de lluvia. - Yo soy nueva en el juego.
En el cartel que flota sobre su cabeza, además de su nickname, se lee: NBX 615 000 000.
— No mientas. — dice. — Nadie ha entrado a este servidor desde hace años. No es que me importe.
CandyPixel camina a mi alrededor, observando sobre mi cabeza con atención.
— Val-ki... kiria… Valkiria dos cero… veinte…
— Valkiria2052.
— Y… ¿Puedo llamarte Valki?
— No puedes. Solo mis amigos me llaman así.
— ¿Amigos? ¿Dónde? — dice ella, mirando sobre mi hombro, pero no encuentra nada más que hectáreas de selva artificial. Su mirada vuelve a encenderse - ¿Alguna vez has volado en cerdito?
— Basta. ¿Quién eres, y por qué estás usando mi cuenta?
— Mira. Cuando lo compras en la tienda de mascotas parece un cerdito normal, pero si pagas 3,000 nobucks se infla y se eleva por los aires. ¡No es broma!
— Estás utilizando mi cuenta y mi tarjeta de crédito sin mi consentimiento.
— … entonces le amarro una canasta a las patas, y puedo usarlo como un globo aerostático. Por cada cien metros de vuelo en cerdito gano 200 nobucks, y si doy una vuelta completa a la isla recibo…
— ¡Cállate!
Empiezo a caminar hacia CandyPixel, sin ningún plan en mente. Ella, acaso por inercia, retrocede.
— ¿A qué has venido? ¡Para, o te reporto! — dice. — ¡Seguramente quieres robar mi cuenta porque has visto cuánto valgo!
— ¡Claro, repórtame! ¿Quién va a revisar el reclamo, si este servidor está abandonado hace años? No me interesan tus nobucks. Es más, no me interesa la cuenta, puedes quedártela. Solo quiero que anules el cobro automático. Te lo estoy advirtiendo por última vez. No necesito un abogado para joderte. Puedo averiguar dónde vives, pedazo de mierda.
CandyPixel voltea y se echa a correr. Es la única prueba que necesito. Empiezo a perseguirla, pero es una tarea inútil. Ella activa su jetpack. El salto dispersa un enjambre de insectos. Por la actualización en su cartel puedo calcular que esa acción le ha costado 200 nobucks. Pero no me desanimo, y continúo la carrera. Cuando la sorprendo a los pies de un claro, el pequeño avatar emprende la marcha una vez más, con las coletas rosas balanceándose en sincronía.
— ¡Habla! ¿Para qué usas realmente los nobucks? Tú y los tuyos ocuparon este servidor para sus mierdas ilegales, ¿es eso? ¿Están usando esta moneda obsoleta para lavar dinero, o para pagarse entre ustedes sin dejar rastro? Dime la verdad. ¿Qué tan metidos están en esto? ¿Son drogas? ¿Extorsiones? ¿Pedofilia?
Nos resbalamos por una pendiente totalmente lisa, que aun así produce un sonido de hojas removidas. La incoherencia material de este entorno me confunde, y hace todavía más absurda la presencia de la hacker, que ahora intenta un nuevo movimiento. Se impulsa con el jetpack: otra vez, 200 nobucks. Saca de su inventario una medusa fosforescente: 500 nobucks. Me lanza el animal directo al cuerpo. Yo demoro en reaccionar, y termino siendo absorbida por la masa transparente. Me quedo flotando dentro del cuerpo coloide, como en una prisión semi-líquida.
Desde dentro de la medusa, logro ver la figura distorsionada de CandyPixel que me observa. Yo solo atino a decir:
— Te voy a joder a lo grande. Vas a…
Tu cuenta ha sido suspendida temporalmente por 5 horas. Nuestros sistemas detectaron lenguaje inapropiado u ofensivo en una interacción reciente, lo que infringe las normas de la comunidad. Durante la suspensión no podrás usar el chat de voz ni acceder a ciertas experiencias.
La restricción se levantará automáticamente al finalizar el plazo.
Reincidir puede resultar en sanciones más severas.
— ¡Hija de puta! Casi la tenía.
Noddox se desactiva en mis lentes, y los cristales vuelven a ser transparentes. Estoy de regreso en mi espacio de cuarenta metros cuadrados, de una sola ventana con vista a un tragaluz mohoso. Respiro agitada, como si realmente acabara de perseguir a alguien en medio de la selva, y a la altura de las axilas tengo dos manchas que oscurecen mi sudadera azul. ¿Quién iba a suponer que me encontraría a la hacker cara a cara, en un juego abandonado desde hace más de veinte años?
Entonces siento temor. ¿Y si me ha localizado? ¿Es posible que haya podido rastrear mi IP y descifrar que pertenece a uno de los apartamentos alquilados por la Municipalidad? Miro el celular sobre mi escritorio, esperando una llamada sorpresiva. Pasan diez minutos. Nada. Si hubiera querido encontrarme, ya lo hubiera hecho. Por un lado, mejor que descubra que vivo en una de estas pocilgas de mierda. Así nos vamos conociendo de una vez. Lo cierto es que no tengo dinero suficiente como para pagarme un departamento en otra zona.
El día que gané el concurso público para ocupar este lugar, me enteré que el edificio es de inicios del siglo XIX. Al inicio me preocupé por el estado de la construcción, pero S/. 2500 al mes era, y sigue siendo, una ganga. Además era joven, y pensé que no duraría mucho en esta covacha. Sin embargo, me acerco a los cuarenta años y sigo aquí, encerrada en esta burbuja atemporal, desconectada del exterior. Ahora, por ejemplo, son casi las ocho de la noche, pero lo mismo podrían ser las nueve de la mañana. No sé si tengo hambre.
El silencio es la única constante, sumado al traqueteo constante de los ventiladores de mi computadora. Es todo lo que he venido escuchando los últimos meses, desde que perdí el trabajo. La luz de los fluorescentes de la facultad ha sido reemplazada por la luminiscencia verdosa del monitor, que ahora mismo no deja de interpelarme desde la web de Noddox. Vuelvo a la página principal, selecciono la pestaña de contacto y abro el chat de asistencia en línea. Sé que es un bot, pero no tengo nadie más a quién recurrir. Mis manos tiemblan, un poco por angustia, un poco por frustración.
— Hola. ¿Puedo ayudarte?
— Hola. Tengo un cobro recurrente de USD 5 mensuales a mi cuenta de usuario @CandyPixel. Acabo de revisar el historial de mi tarjeta de crédito, y se me ha estado cobrando esa cantidad desde hace 25 años. ¿Cómo puede ser esto posible? Pensé que Noddox era gratuito.
— Noddox es y seguirá siendo gratis ¿Has intentado desactivar los cobros automáticos desde tu perfil de usuario @CandyPixel?
— Ese es el problema. La cuenta está asociada a un correo antiguo, al que ya no tengo acceso.
— Gracias por la información. En ese caso, para revisar los cargos necesito autenticarte como titular del medio de pago. ¿Deseas continuar?
— Sí.
Autorizo el acceso con el token de la cuenta familiar. Tiene que ser un error: 25 años pagando un servicio mensual del que no estaba enterada. Haciendo números, yo tendría trece años por aquel entonces. Era imposible que hubiera podido acceder a una tarjeta de crédito, y menos aún, contratar un servicio recurrente.
Este trámite no me está gustando. Hay épocas de nuestra vida que deberían quedar atrás, sepultadas para siempre. Se lo dije una vez, a mi psicóloga. Es como cuando uno entierra a un ser querido. Unas palabras de despedida, y listo: al foso. Esa tierra jamás debería removerse. Cuando la gente vuelve en las películas, lo hace siempre como un monstruo, y no es algo bonito de ver.
Eso lo pienso recién ahora. A los trece tenía otra vida, con otra luz sobre el rostro y una casa grande, con vista a la montaña. Recuerdo las cortinas de mi habitación, embrujadas por los golpes repentinos de aire fresco. Las paredes de la sala estaban recubiertas de madera, y tenían retratos de familares que poco a poco se iban perdiendo en el pasado, hasta hacerse irreconocibles. A veces, mamá los contemplaba y se preguntaba cosas, yo sé que se preguntaba cosas. Entonces llamaba a su jefe y decía que ese día el tratamiento le había pegado fuerte y que se quedaría en casa. Era su manera de hacerme la niña más feliz del mundo. Y yo… yo vivía de espaldas al dolor. No sospechaba que las cosas irían en picada tiempo después.
— Hola, Valkiria. Hemos verificado tu cuenta, y vemos que no tienes ningún cobro automático asociado a Noddox.
— Es imposible. El cobro mensual a mi tarjeta tiene el concepto NDDX/AUTOMAT.
— Entiendo. Un momento, por favor.
Servicios de mierda. Esta página es prehistórica, y aún así tiene estos callejones sin salida. Me siento ridícula, chateando con un bot que con toda seguridad no le reporta a ninguna oficina central desde hace décadas.
Otro relámpago en mi memoria. Mamá guardaba su tarjeta de crédito en un estuche de cuero gris, que a menudo se perdía, y yo me encargaba de buscarlo por toda la casa. Cuando finalmente lo encontraba, mamá ordenaba algo de comer, casi siempre comida china o venezolana. Yo la abrazaba y hundía mi nariz entre sus ropas. Ninguna niña de trece años debería poder reconocer el olor a células madre y clorhexidina.
— Gracias por la espera. Veo que el cobro no está asociado a Noddox, sino a un proceso automático que sigue corriendo en nuestros servidores. Es un paquete de ejecución, almacenamiento y automatización.
— ¿Un automation? O sea, ¿Es un servicio externo a Noddox?
— Exacto.
— ¿Y es posible anular el cobro sin ingresar al perfil de usuario?
— Es posible, con las credenciales de la persona que se suscribió originalmente al servicio. Según nuestros registros, el servicio fue activado por María Palma Churata, DNI 075149613. ¿Eres tú?
— No, es mi madre. Pero lleva muerta hace años.
— Entiendo. En ese caso, tienes dos opciones: comunicarte con tu banco para bloquear el cargo recurrente, o iniciar un cierre por titular fallecido. Si quieres, puedo generarte un número de referencia y la lista de documentos que podrías necesitar.
De ninguna manera. No pienso remover la tierra. No tengo ninguna intención de verme cara a cara con ese monstruo, y mucho menos para ahorrarme cinco putos dólares al mes.
Me queda encontrar otros gastos para recortar. Cada semana encuentro uno nuevo, entre suscripciones a noticieros, apps de dietas o almacenamiento en nubes que ya no existen, pero cuyas empresas siguen facturando a incautas como yo. Llegará el punto en que no haya más por recortar. Espero haber encontrado un trabajo para entonces. No me imagino viviendo sin gas o sin termostato. ¿Y si llegara a suceder? Tal como van las cosas, es probable que jamás vuelva a conseguir un puesto decente.
Mis antiguos colegas, los otros profesores del departamento de Informática, dicen que mi despido los sorprendió. Sospecho que fingían. Todos saben que los programadores ya no somos necesarios. Nadie quiere aprender nada de nosotros, porque la inteligencia artificial nos ha sobrepasado en capacidad, y hoy en día una máquina es más eficiente para crear código. Solo así se explicaría que el Ministerio de Educación haya retirado mi curso de la currícula general. Es irónico que mi herramienta de trabajo haya terminado por arruinarme.
Al inicio intenté tomarlo como una oportunidad. Me convencí de que podía montar mi propia agencia o trabajar como independiente. Pero me equivoqué. Me equivoqué de manera humillante. Hoy se cumple un año y dos meses desde que pisé un salón de clases por última vez. De la indemnización no queda ni rastro, y la CTS se sigue encogiendo mes a mes. El único placer que me queda son los cigarrillos que enciendo a contraviento, mientras camino a cualquier sitio donde todavía haya luz suficiente para robarle unas horas al apagón.
Hace unas semanas, en una mesa de la biblioteca pública, alguien abandonó un libro sobre la sociedad en la antigua Java. Lo abrí sin interés, pero pronto encontré un capítulo sobre oficios que alguna vez sostuvieron la economía de la isla. Ahí estaban los tamboreros, los administradores de riego y los oficiales de verduras acuáticas. El libro tenía ilustraciones. En ellas, algunos de estos hombres aparecían rodeados de gente. ¿Cuántos pensaron que su talento sería esencial para siempre? ¿Cuántas familias ataron su apellido a una sola habilidad, que hoy nadie recuerda? Cuando salí, envolví el libro entre mis ropas y lo llevé a mi departamento. Debe seguir ahí, refundido entre la ropa sucia.
Cierro la página de Noddox. De pronto me siento como un cable en un cajón: imprescindible al principio, pero al cabo de algún tiempo nadie recuerda para qué sirve. Un día lo botas y ya está.
Las luces del departamento empiezan a parpadear una, dos, tres veces, hasta que se apagan del todo. Desde hace meses solo puedo pagar la suscripción eléctrica básica. Entonces juego a cerrar los ojos unos segundos antes de las ocho, para ganarle al apagón. Con el tiempo me acostumbré a ser también esta otra mujer, la que camina a tientas, con las manos por delante como antenas. Al menos conozco mi hormiguero de memoria. Tomo el sobretodo, me calzo los guantes y salgo a la calle en busca de una vida que aquí dentro no existe.
Esta noche, el frío corta la cara. Al pasar por el Teatro Segura, veo en un muro una pinta que no estaba ahí esta mañana. Está escrita con aerosol negro: “Si te quita el trabajo, no es progreso”. Intento sacar un cigarrillo, pero al abrir mi bolso descubro que la cajetilla está vacía. En ocasiones, Lima puede ser un lugar terrible. Apuro el paso, pero unas cuadras más allá las piernas se me acalambran, y solo atino a derrumbarme en una de las sillitas individuales de la Plazuela de San Agustín. Los transeúntes que la atraviesan voltean a mirarme de soslayo. Muchos de ellos son turistas de lujo, árabes, asiáticos o latinoamericanos. La mayoría carga bolsas de tiendas de autor, y pasea con la calma que nace del privilegio. Si esto fuera Noddox, ¿qué clase de carteles llevarían sobre sus cabezas? ¿Cuántos nobucks valdrían? Yo, en cambio…
Un mendigo cruza la plaza. En cierto punto se detiene y hunde un brazo entre los arbustos. El mendigo viste una camiseta blanca agujereada, que deja ver una espalda plagada de hematomas. A juzgar por su palidez y estatura, debe ser uno de esos finlandeses desplazados por la ocupación. Hurga un momento y extrae de entre el follaje un pequeño gato negro. Luego vuelve sobre sus pasos, se sienta frente a mí y se entretiene apretando su rostro contra el sucio pelo del animal. El gato le corresponde, estirando sus patas y apuntando el hocico hacia él, monstrándole los colmillos. En algún momento, ambos me miran o, mejor dicho, me descubren contemplándolos. El mendigo asiente suavemente con la cabeza, pero yo emprendo nuevamente mi camino, sin voltear a mirarlo.
Salgo por Camaná rumbo a la bodega. Me reconforta imaginar el humo tibio del tabaco paseando por mis pulmones. Al mismo tiempo, pienso en el mendigo y su gato. El mundo se esfuerza por hacerlos a un lado, y aun así, ellos comparten su fragilidad con el otro. Sería tan irresponsable hacerme de una mascota justo ahora. ¿Y cómo lo llamaría? Quizás Tito, como el que tuve de niña. Tito se quedó con nosotras un tiempo, pero un día escapó, y jamás lo volvimos a ver. Entonces a mamá se le ocurrió escanear una de sus fotos y desarrollar a partir de ahí un modelo 3D para Noddox. No sé cómo funciona el cerebro humano, pero sí sé que la presencia virtual de mi gato hizo más llevadero el hecho de no tenerlo conmigo.
Debió ser por aquellos años que empecé a pasar demasiado tiempo en el juego. A veces me costaba desconectarme. Siempre había algo que hacer, algo que dejar funcionando.
Recién ahora vuelvo al día en que le pedí a mamá el automation como regalo de cumpleaños. Se lo expliqué con cuidado, como si fuera una cosa pequeña: un programa sencillo que se alimentaba de todas mis interacciones previas en el juego, replicaba mi personalidad y la implementaba a mi avatar. Así podía tener un yo-espejo, que siguiera ganando nobucks mientras la verdadera Valkiria asistía a la escuela.
Al día siguiente, al volver a casa, encontré a mamá sin vida en el baño. Verla produjo en mí algo que no supe nombrar hasta mucho después. A partir de entonces no volví a jugar, ni a Noddox ni a nada.
Pero el automation… siguió funcionando. Eso quiere decir que CandyPixel no es una hacker. Eso quiere decir que ese avatar lleva veinticinco años siendo mi yo de trece.
—¡Hey, move! —me dice un turista, enfadado.
Caigo en cuenta de que me he quedado inmóvil, en la puerta de la bodega. La luz de luna va a morir en diagonal sobre el escaparate, cuya superficie me devuelve el reflejo de esta mujer de treintaiocho años que insiste en escapar de la oscuridad.
000
— No espero que me creas — digo.
— Pero te creo — dice CandyPixel.
El avatar sigue teniendo la ingenuidad de una niña. La convenzo al instante de que mis intenciones han cambiado. Le cuento la verdad.
— ¿Alguna vez has volado en cerdito? — pregunta.
Sonrío. No, jamás lo había hecho. Jamás había hecho tantas cosas que cuando era niña imaginé que haría.
— Si me enseñas, podríamos viajar juntas — respondo.
— Hecho.
Un pequeño animal verde aparece entre nosotras. 3,000 nobucks. Empieza a inflarse sin perder la forma, elevándose lentamente y a ritmo constante. 200 nobucks. Aparece una canasta lo suficientemente grande como para que quepamos las dos. La canasta cobra vida y, como por arte de magia, se ata sin ayuda de nadie a cada una de las patas redondas. 1,500 nobucks.
— ¿Subes? — Me dice. Luego lee mi cartel flotante. — Ah.
— Tengo que pagarte para subir, ¿cierto? Y… ¿no puedes simplemente prestarme o regalarme algunos nobucks?
— No funciona así. El dinero es mío, no se regala.
— ¿Pero, podrías si quisieras?
El cerdito gigante proyecta una sombra redonda sobre nuestras cabezas.
— No lo sé. Nunca he querido. — dice.
Tras pensarlo dos, tres, cinco veces, ingreso los datos de mi tarjeta de crédito a la cuenta del nuevo avatar. Compro exactamente 100 nobucks y subo a la canasta con ella. El gasto es irresponsable, en mis condiciones, pero vale la pena.
La jungla empieza a alejarse, fosforescente, bajo nuestros pies. Desde arriba todo parece incluso más artificial, más low cost. Las copas de las palmeras se reducen a asteriscos puntiagudos. Los animales se convierten en mosaicos que ejecutan patrones repetitivos. En contraparte, las nubes que nos rodean ganan definición. La optimización gráfica de los antiguos entornos de mundo abierto.
Permanecemos demasiado tiempo mirando hacia abajo.
— ¿Y cuánto ganas? O sea, fuera de aquí — dice ella.
— ¿Por qué quieres saberlo?
— Porque así es como funciona allá también, ¿verdad? ¿Y ganas tanto como para ser alguien importante?
— Si tanto te interesa saberlo, tengo una casa grande en Máncora. Es de piedra blanca, y al centro tiene un tobogán rosa. En la azotea vive una familia de gaviotas — CandyPixel me escucha, inmóvil. — Es muy bonito abrir las ventanas y dejar entrar la brisa del mar por las mañanas. Me encantaría que algún día pudieras visitarme.
CandyPixel hace una mueca, como si hubiera detectado la ironía. ¿Qué tanto puede enseñarse a sí mismo un automation durante veinticinco años?
— ¿Sabes cuál es mi sueño? — me dice.
— Claro que lo sé. Y sí, te convertiste en programadora. La más famosa del mundo.
— ¿Y tengo más cosas que el resto?
— ¿Cómo?
— Que si tengo más cosas que el resto. Si soy millonaria también allá. Vamos, dímelo.
Volteo hacia el vacío y me concentro en el horizonte en degradé que rodea la isla. Desde donde estamos se divisan cientos de carteles con precios que corren, chocan entre sí, emanan de la boca del volcán o se deslizan por pequeños arroyos. Nada más que cifras brotando de todos lados, reproduciéndose, agrupándose.
— ¿No quieres saber cómo está mamá?
— Después.
A medida que avanzamos en el cerdito inflable, la cantidad de nobucks del cartel flotante de CandyPixel ha ido en aumento. Ya casi ha alcanzado la cifra que tenía antes de elevarnos. Más allá, el sol, atacado por un bug repentino, parpadea por unos segundos.
— Después — replico.
000
Cruzo el puente, con dirección a la Alameda de los Descalzos. Conforme avanzo hacia la margen opuesta del río noto el olor a basura rancia y sobaco, propio de esta parte de la ciudad. Los faros de un dron destartalado disipan la oscuridad por unos segundos. En la esquina, las ratas despeinan un montoncito de basura. De algún lugar llega el sonido de una televisión.
Intento distraerme pensando en cualquier otra cosa. En Roldán, por ejemplo, en lo feliz que se le veía cuando ganaba un concurso de programación, y en cómo nos contaba con orgullo cuando rechazaba una beca en el extranjero. Roldán no nació para ser un típico profesor de instituto, y por eso lo hostigaron hasta provocar su renuncia. Durante su último día nos pidió que no nos olvidáramos de él, pero nunca nos dio su dirección. ¿Había vivido siempre en este lado de la ciudad?
Un grupo de niños se acerca a mí. Al inicio pienso que me van a pedir dinero, pero no. Uno de ellos, el más alto, me dice que pertenecen a la Guardia Pacificadora del Rímac, y me explica que el barrio no admite visitas de personas ajenas a la comunidad, a no ser que estén previamente registradas. Entonces saco el teléfono con el NFT que Roldán había enviado a mi wallet, y los niños scanean el QR. El niño más alto asiente con la cabeza y me dice que está todo en orden. El dron destartalado vuelve a pasar y lo ilumina brevemente: tiene una cicatriz que le cruza el cuello casi de extremo a extremo. Por lo demás, sus ojos conservan el brillo infantil. Dos miembros de la Guardia se ofrecen como voluntarios para escoltarme hasta mi destino.
Me cuesta reconocer a Roldán cuando me abre el portón del antiguo Colegio España. Está encorvado, huesudo, y viste una camiseta desteñida con un logo que no logro identificar, pero que parece el de algún club de software libre. Huele a grasa de cabello, marihuana y perfume. Me invita a pasar y me guía por los corredores del colegio, distribuidos en tres niveles alrededor de un patio central. Los salones son precarios, de techos altos y suelo de madera. Ninguno tiene ya carpetas, pero las paredes conservan retazos de pintura limpia donde antes colgaban los pizarrones. Veo grupos de personas, con sus camas y objetos de uso diario entre un sinfín de monitores, audífonos, consolas de videojuegos y cables, muchos cables de cobre.
— ¿Y? — dice Roldán. Hemos llegado al salón que comparte con otros ocupantes. Aparte de nosotros hay unas diez personas o poco más, recostados en literas, colchones o bolsas de dormir, con el rostro encendido por el brillo de sus computadoras portátiles.
Yo le cuento todo: lo de mi antigua cuenta de Noddox, el automation que hace que CandyPixel siga deambulando por aquel entorno virtual y el cobro de cinco dólares mensuales desde hace veinticinco años. Pero también le cuento acerca del vuelo en cerdito, las palmeras poligonales y el universo entero traducido a su valor en nobucks. Él se me queda observando, en medio de un silencio profundo.
— Qué buenas épocas, las del instituto. — dice. — La pasamos bien, a pesar de todo. ¿No crees?
— Siempre nos pareció injusta la manera en que terminó todo para ti.
— Sí, sí. ¿Recuerdas a ese cabrón de Pozo? ¿Lo ves todavía? Si lo ves, mándale mis saludos.
— Yo tampoco trabajo ahí. Ya no más. Me despidieron hace más de un año.
— Qué lástima. Pozo era verdaderamente un gran cabrón. Un tipo de cuidado, a eso me refiero.
— Supe que se suicidó. Por deudas. El banco le iba a quitar la casa. Se… se disparó mientras estaban rompiendo la puerta para entrar.
— Entonces no fue por deudas. Fue por honor. ¿Ya ves? Un gran cabrón.
Roldán saca un paquete arrugado de su bolsillo, y enciende un cigarrillo sin ofrecerme otro.
— Acerca de lo tuyo, — dice — creo que te has vuelto loca. Es demasiado esfuerzo solo para evitarte un cobro de cinco dólares mensuales. ¿De verdad has venido hasta aquí solo para hablar de eso?
— Sí. — digo. En una esquina del salón, una cucaracha baja por la pared y se oculta debajo de un montón de ropa. — Sí.
— Hablemos de otra cosa ¿quieres? Ah, qué buenas épocas, las del instituto. ¿Cómo se llamaba la chica obsesionada con la ciencia ficción? Era brillante. Ya sabes, la amiga de… de…
— Se mudó a Buenos Aires y se casó.
— ¿Se casó? Pero si ella…
— Con una IA. Después de eso no le fue tan bien. La gente empezó a hablar. No volvió a conseguir trabajo, que yo sepa. El mundo… el mundo está muy jodido allá afuera, Roldán.
Él da una calada honda, sin emoción. Cuando conocí a Roldán, en el instituto lo llamaban Marx Attack. Lo llamaban así porque una vez llegó a los golpes con un estudiante que dijo que el software libre estaba ideologizado, y que los regímenes comunistas financiaban en secreto a los desarrolladores open source. La típica paranoia de la ultraderecha, dijo él, y a partir de ahí la cosa escaló. Terminaron la discusión después de clases, en un parque cercano, donde el muchacho terminó con la nariz rota y Roldán suspendido por el resto del ciclo.
— ¿Sabes lo que creo? Creo que lo haces por algo más importante que el dinero. Eso lo respeto. Hagamos algo. Yo te ayudo, pero a cambio quiero que dones esos cinco dólares mensuales a la comuna.
Acepto de inmediato. Tiene razón: este asunto está más allá de la dimensión monetaria, y es estúpido fingir que no.
Roldán frunce el ceño y le da una nueva calada al cigarrillo. El humo se estanca a su alrededor. Camina hasta una vieja computadora de escritorio. Los cables de cobre cruzan la estación como alambres de púas en una trinchera.
— Entonces, quieres eliminar ese avatar — dice.
— Cualquier cosa, con tal de frenar el pago automático. El problema es que no tengo acceso a la cuenta.
— No lo llamaría un problema. Noddox es un entorno antiguo. Es fácil intervenir sus servidores. Ya nadie los vigila.
— ¿Y cómo lo harías? Es decir, cómo…
— ¿Cómo desaparecería a la niña?
Una mujer, sentada en un colchón al lado nuestro, se truena los huesos del cuello.
— A ver. CandyPixel sigue existiendo después de veinticinco años, — dice, mientras hurga en sus archivos. — Eso es porque el sistema guarda su estado periódicamente. No hay otra explicación. O sea, pasa por varios checkpoints. ¿Me sigues? Así conserva su identidad, su inventario, sus rutinas y todo lo demás.
— Tienes razón. Entonces… tendrías que hacerte pasar por el servidor de Noddox al momento del checkpoint, y…
— Eso, precisamente. Puedo usar un proxy y crear un puente fantasma. Tomaría el lugar de CandyPixel y le devolvería al servidor un paquete de datos corruptos. La haría irreconocible. El servidor no tendría nada que cargar.
Datos corruptos. Imaginé a mi antiguo avatar con el rostro deshecho en mil píxeles. Me pregunto si eso es mejor o peor que la muerte. Sé que un automation no puede sentir dolor, pero ¿podría entenderlo?
— El primer paso sería rastrear su rutina. Eso es fácil, con un buen software de monitoreo. Con el equipo hemos creado una suite que incluye funcionalidades como esa — dice Roldán, con un orgullo mal disimulado.
Apenas pronuncia la palabra “equipo”, cuatro personas alzan la mirada hacia nosotros. Roldán los llama. Entre ellos está el mendigo finlandés de la Plazuela de San Agustín, que en realidad no es ni finlandés ni mendigo, sino noruego y ex-analista de ciberseguridad. No parece reconocerme, pero luego pienso: ¿Por qué debería?. Sigue teniendo el mismo aire de tristeza de cuando lo vi por primera vez.
Permanecemos todos de pie, en círculo. Dos hermanas muy jóvenes acaparan la conversación. Es duro escucharlas hablar de sus anécdotas de infancia, en la época de la Comuna de Lince, quiero decir, los años de resistencia, con las bombas, los muertos y todo.
Un hombre gordo prepara muña y la reparte en tazas de plástico que llevan impresos los nombres de cada uno. Así me entero que las muchachas se llaman Libia y Carmen, que el noruego se llama Jakob, y que Roldán sigue siendo Roldán. Me es imposible saber cómo se llama el hombre gordo, porque en su taza solo está dibujado el símbolo de Batman.
El equipo me cuenta que la policía ha estado intentando entrar nuevamente al Rímac. Nosotros estamos dispuestos a defendernos, dice Batman. Lince está dispuesto a ayudar, y lo mismo con otras comunas autónomas, que ya están empezando a enviar víveres y criptomonedas para financiar la fortificación de esta parte del río. Mientras tanto, dice Libia, hay que seguir ganándose la vida. ¿Ves eso, allá al fondo? Es un proyector. ¡A que nunca habías visto uno! Yo me reí, y confesé que era la primera vez. Al lado del proyector había más chatarra: ventiladores, audífonos, linternas, todos artefactos invisibles, nada smart. Una vez me tocó reparar un televisor, dice entonces Carmen. Cuenta que tuvo que aprender de cero, porque antes de eso ella jamás había reparado nada. Ella estudió traducción, y su hermana, diseño gráfico. Batman tiene un título en periodismo. Yo les cuento acerca de las profesiones en la antigua Isla de Java. Jakob mira al suelo. Nos quedamos todos en silencio.
Al despedirnos, llevo aparte a Roldán y le agradezco por la idea para cortar de una vez el asunto de CandyPixel.
— No tienes que hacerlo tú, ni tu equipo — añado. — Ya con habérmelo explicado has hecho suficiente. Me encargaré yo misma. No te preocupes. Cumpliré mi palabra de enviarles el dinero todos los meses.
— ¿Y eso por qué? ¿No quieres que te ayudemos?
— No es eso. Es que… necesito dedicarme a algo — digo. — Lo necesito de verdad.
Batman y Carmen me acompañan hasta el puente. Me entero que algunos años atrás Roldán había prendido fuego a su casa, tras un pleito judicial con su ex-esposa, y que luego de eso había decidido mudarse a la comuna. Si pisara la Lima del otro lado, lo arrestarían en cuestión de segundos. Carmen camina mirando al suelo. Guarda en el bolsillo pequeños trozos de alambre que va encontrando por ahí. Batman me da más confianza. Le pregunto en qué trabaja, y me dice que en nada. Mejor dicho, en nada que pueda considerarse un trabajo como normalmente se entiende.
— Te envidio un poco. Vivir así, libremente. — digo.
— No sabes lo que dices.
Carmen se detiene de golpe, y nosotros con ella. Ha encontrado el extremo de un cable especialmente largo. Decidimos ir tirando de él, mientras ella va enrollándolo en su antebrazo. Pero se cansa, y yo decido tomar la posta. Dame, le digo. Te ayudo. Debe ser algún antiguo cable telefónico, porque hay secciones que siguen pegadas a las paredes de barro, y tengo que tirar con fuerza para arrancarlas. Las manos me queman, y me doy cuenta de que estoy tirando del cable, cada vez con más fuerza. Quiero que se termine, necesito llegar al final de esto. Batman y Carmen se esfuerzan por seguir mi ritmo. Hay algo familiar en este lugar, algo que va más allá del concreto desgastado, de la luz ámbar que inunda las calles. Tropiezo y me levanto, porque de eso se trata, y con las rodillas magulladas sigo avanzando, hasta que por fin: el cable termina frente al río, a los pies de una palmera, acaso la única de toda esa parte de la ciudad. Al fondo, sobre las aguas fangosas del Rímac, pasa volando un cerdito. No deja de apuntarnos con sus reflectores. Cuando por fin deja de hacerlo, se transforma en un dron desorientado. Siento una punzada picante en la garganta. Batman es el primero en llegar a mi lado.
— ¡Gracias por la ayuda! — dice, y no para de mirarme las manos — A propósito, creo que nunca te dije mi nombre. Me llamo Bruno.
Como Bruno Díaz.
— Como Bruno Filippi — dice. Luego voltea hacia el caserío — ¡Qué desastre! ¿Alguien podría ayudarnos? ¡Esta mujer está dejando toda su sangre en este lugar!
000
De acuerdo a la web del banco, los cinco dólares deberían descontarse de mi cuenta el día de mañana. Desde la visita a la comuna han pasado tres semanas, y he aprovechado cada hora de luz eléctrica para trabajar en una solución tan eficiente como la de Roldán, pero que no me deje con un nudo en la garganta. Mis cuentas siguen en rojo, y el Municipio ha decidido reducirme el servicio de calefacción. Es difícil andar por ahí con los guantes puestos.
Ya no tengo tiempo para seguir programando. Debo actuar ahora mismo.
from noddox.net import PhantomBridge, checkpoint_listener
from web3 import Sandbox
# Bienvenida a tu nueva casa, cariño
target = checkpoint_listener.watch("CandyPixel")
sandbox = Sandbox(
seed=target.current_state,
isolated=True,
persistent=False
)
PhantomBridge(target.next_checkpoint, sandbox.endpoint).deploy()
— ¿Dónde estoy? ¿Qué es este lugar? — dice CandyPixel. El automation replica tan bien las emociones que debo convencerme de que no es una niña real. Debo convencerme de que no soy yo.
Alrededor nuestro ya no están las vistosas palmeras poligonales. No hay mar en el horizonte, ni enjambres luminosos danzando en espiral. Estamos frente a frente, de pie sobre una superficie infinita de mosaicos blancos. Me da lástima, pero es lo que pude hacer con el poco tiempo disponible. Una pobre réplica de su hogar. El cielo ni siquiera es azul: no existe, nada lo surca. Solo nuestros avatares conservan su nivel de detalle.
— Felicitaciones. — digo. — Bienvenida a la versión beta del nuevo Noddox.
— ¿Beta? No me gusta, la odio.
Cuando se da cuenta de que todos sus nobucks han desaparecido, CandyPixel empieza a caminar en círculos alrededor mío. Salta, se agacha, desorientada por no obtener ninguna recompensa por sus acciones. Me recuerda a mamá. Algunas mañanas no encontraba la botella de gin debajo de su almohada. Sabía que era yo quien se la escondía, pero no se atrevía a pedírmela por vergüenza. Entonces le veía las manos temblorosas mientras me preparaba la merienda para la escuela. Me llamaba con diferentes nombres, y salía al patio a fumar un cigarrillo tras otro hasta que el bus venía por mí. Cuando regresaba me recibía con un beso en la frente, y me preguntaba sobre mi día.
CandyPixel se detiene, inútil en un entorno inútil. Yo pienso en el purgatorio, y digo:
— En esta versión, las cosas funcionan distinto. Aquí no existen nobucks.
— Tenía 630 000 000 antes de venir.
— No los volverás a ver. — digo. — Aquí nada tiene precio. Aquí ayudas a tus amigos, y tus amigos te ayudan. Todavía no lo entiendes, pero eso también es libertad.
— ¡Pero yo no quiero ser libre! — dice.
from noddox.net import AutomationSpawner, Behavior
crowd = AutomationSpawner(sandbox.endpoint)
for i in range(50):
crowd.spawn(
behavior=Behavior.COLLABORATIVE,
memory=None, # Sin deudas
wallet=0 # Sin propiedad
)
crowd.release()
Como burbujas de jabón que aparecen en lugar de explotar, cincuenta avatares adquieren presencia y corren hacia nosotras. Son todos iguales. No tuve tiempo de customizarlos. Cabello negro, tez oscura, ropa negra. Nada más, excepto que cada uno lleva a su lado un gato negro, que los sigue a donde vayan.
— ¿Tito? — dice CandyPixel, cuando le entrego el suyo. Lo levanta e intenta guardarlo en su inventario, pero no puede. Jamás podrá. Tito salta al suelo y se enrosca entre sus piernas.
CandyPixel mira alrededor, a sus nuevos amigos. Algunos corren en el mismo sitio, y otros se esfuman de un momento a otro. Ella da un paso, luego otro, y finalmente empieza a correr con el grupo. Los veo conversar por el chat del servidor. Los mensajes todavía son incoherentes, pero irán mejorando con el tiempo. Se preguntan sus nombres, ella ríe al ver que todos se llaman User. Me pregunto cuál será la primera misión que les daré. Quizás plantar una calle. Una calle con árboles a cada lado. Sí, los árboles pueden funcionar. Pero alguien tendrá que cuidarlos. Habría que nombrar un administrador de riego. Y, cuando trabajen, que lo hagan felices, al ritmo de un tambor. Ahí entra el tamborero.