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Para mí, como alguien que trabaja la ciencia ficción desde el Sur Global, un futurista no es un clarividente ni un consultor corporativo. Si bien existen muchos enfoques valiosos dentro de la prospectiva y la innovación, concibo al futurista como alguien que trabaja con el presente como materia prima, preguntándose quién tiene el poder de dar forma a lo que viene y qué voces quedan relegadas. En definitiva, lo entiendo como alguien que desnuda las narrativas que afianzan el poder y prende pequeños fuegos estratégicos donde en teoría nada debería arder.


Ese trabajo comienza por reconocer la arquitectura política del presente. Uno de sus disfraces más pulidos es la tecnología, sobre todo cuando se la presenta como neutral y apolítica. Esto no es así. La tecnología está diseñada para servir al confort y la productividad, ideales que parecen benignos pero tienen sus raíces en una concepción capitalista del progreso. Este modelo coloca al individuo aislado, y no a la comunidad ni al ecosistema, en el centro del sentido.


No es casual que la ciencia ficción, nuestro laboratorio cultural del futuro, haya asimilado con frecuencia esa lógica. Incluso cuando nos advierte sobre las distopías, muchas historias permanecen cautivadas por el colapso, el control y la catástrofe. Presentan la fascinación como crítica y nos arrastran hacia fantasías de vigilancia y aislamiento que acabamos aceptando no solo como plausibles, sino como inevitables.


Cuando era joven, faltaba a clases con frecuencia. No por rebeldía, sino porque nada de lo que me ofrecía la universidad se comparaba a la experiencia de leer en soledad. Me escabullía a un parque escondido y me hundía en libros que contenían el tipo de preguntas que nadie se atrevía a hacer en el aula.


Una tarde, de regreso a casa, tropecé con una raíz que había partido la vereda de cemento. Molesto, pensé: ¿Quién plantó este árbol tan cerca del camino? Pero la incomodidad pronto se transformó en una idea. Ese árbol, que en algún momento no fue más que un brote silencioso, había ido quebrando con el tiempo el pavimento sólido. No fue un acontecimiento esperado, ni mucho menos celebrado. Simplemente creció, con insistencia, hasta erosionar la estructura. Vuelvo a esa imagen a menudo. Me enseñó que lo que echa raíces bajo tierra es capaz de agrietar hasta los cimientos más sólidos.


Imaginar el futuro implica adoptar necesariamente una postura política. Pero no toda política llega con consignas o manifiestos. Para Guattari y Deleuze, el poder fluye a través de la micropolítica, es decir, el conjunto de prácticas difusas y cotidianas que moldean las relaciones, la percepción y el deseo. Entonces, leer o escribir ciencia ficción no puede ser entendido como un acto neutro. Es, por el contrario, una manera de interferir en la configuración de lo posible.


Como editor y escritor, aprendí a ver cada historia que publico como un gesto micropolítico. En el momento en que elijo un libro fuera del canon habitual, ya sea una historia de América Latina, Medio Oriente, África o el Sudeste Asiático, no estoy buscando simplemente diversidad. Me estoy alineando con una visión distinta del futuro, una que pregunta qué voces importan y qué realidades merecen nuestra atención.


Con frecuencia se enmarca a la ciencia ficción como un género obsesionado con la tecnología. Pero ¿qué pasaría si desplazáramos el foco, de los dispositivos a los sistemas? No solo la inteligencia artificial y la biotecnología, sino también la deuda, el parentesco, la migración, el ritual. Una comuna poscapitalista, una red de base de ayuda mutua, incluso una ciudad que aprende a prescindir del dinero. ¿Acaso eso no cuenta también como práctica especulativa? Sucede que el género no siempre les otorga la misma validez que las narrativas que nacen del fetiche metálico.


Para que eso sea posible, sin embargo, hace falta revisar los moldes. Como lectores, editores o autores, cargamos con una serie de convenciones heredadas que operan como limitantes invisibles de nuestra imaginación. Conviene ponerlas en el centro del debate.

 


Contra la ortodoxia narrativa. Gran parte de la producción del género sigue la estructura aristotélica: inicio, conflicto, resolución. Esa estructura no es solo una fórmula. En realidad, esconde una idea más profunda del tiempo, una que privilegia lo que viene sobre lo que fue, y los desenlaces definitivos sobre los relatos de resistencia. Es necesario reivindicar lo no resuelto. No todo cambio es lineal. Por ende, no todos los futuros llegan en línea recta, ni son irreversibles.

Del mismo modo, considero que la figura del héroe también debería ser cuestionada. A menudo se recurre al arquetipo de líder carismático, de fundador brillante o salvador solitario. Pero ¿qué pasaría si los protagonistas dejaran de ser individuos aislados? Un cambio real sentaría sus bases en prácticas cooperativas, de escucha o de ayuda mutua.

 

Futuros materiales. Neón, metal, plástico, tierras raras. Esos son los materiales que dominan la imagen que tenemos del mañana. Pero cada uno carga un legado de extracción, desplazamiento y colapso ambiental. ¿Qué implicaría reivindicar otros insumos, como la madera, la piedra o la arcilla? Quizás el ejercicio derivaría en futuros construidos sobre la reparación, en lugar de sobre la velocidad y el descarte.


En consecuencia, repensar los materiales es también una oportunidad para cuestionar el supuesto de que la tecnología debe ser siempre eléctrica o digital. Es tiempo de liberar la especulación del dominio de la estética distópica hipertecnológica, de superar su herencia eminentemente artificial y devolverla a lo orgánico, a lo tangible. Esto no significa abrazar el primitivismo, sino revisar nuestra noción de progreso. Quién sabe. Con suerte dejaríamos de ver el pasado como algo obsoleto.

 

Sistemas abiertos. La mayoría de los futuros tecnológicos siguen siendo imaginados bajo la lógica de la propiedad. En estas historias, tienden a estar controlados por gobiernos o por corporaciones, cuando lo que necesitamos es una ficción que rompa ese molde. Historias donde las herramientas sean de código abierto, replicables, compartidas. Donde el conocimiento sea un bien común y el progreso circule de forma horizontal. Movimientos como los laboratorios DIY, los grupos de hardware abierto y las comunidades permatech ya están prototipando estas alternativas. Como autores, deberíamos seguir su trabajo.


Esto implica una reivindicación del hacking, tal como lo practican hoy de manera magistral muchas comunidades en el mundo, especialmente aquellas para quienes la mayoría de los dispositivos fueron diseñados con pleno desconocimiento de sus necesidades. Desde esta perspectiva, los hackers de una nueva ciencia ficción se deslindarían de la imagen romántica del pirata digital, para volverse puentes entre la función original del dispositivo, ajena a quienes lo habitan, y las realidades concretas de las poblaciones marginadas.

 

La ficción como prototipo. Las historias pueden ser más que metáforas. Son esquemas. Ensayos narrativos, si se quiere. Pero hay que tener en claro que la ficción es mucho más que una máquina de predicciones. Cuando contamos historias que priorizan la colaboración sobre la conquista, el cuidado sobre el control, no solo imaginamos nuevos futuros. Los estamos practicando.


De ahí la importancia del lenguaje. Una historia especulativa en quechua, yoruba o bengalí no solo desplaza el escenario, sino que interrumpe y altera la cosmovisión dominante. Cada lengua codifica un ritmo distinto del tiempo, el cuerpo y la comunidad. Leer a través de esas lenguas equivale a desarmar el dominio de una realidad impuesta. Es decir, dinamitar el futuro que nos vendieron.


Es fundamental apoyar las publicaciones que traducen a autores que escriben en sus lenguas maternas. Al hacerlo, rompemos la ilusión de un futuro único y nos abrimos a nuevas interpretaciones de la realidad, incluso a nuevas formas de acceder al conocimiento.

 

Más allá de la página. Soy un convencido de que el trabajo debe trascender el contenido. A fin de cuentas, la distribución también es política. El sistema editorial tradicional sigue privilegiando ciertas ciudades, monedas y públicos. ¿Por qué concebir la ciencia ficción como algo que viaja únicamente a través de libros y películas? Las historias de género también pueden contarse a viva voz, pasarse de mano en mano transformada en fanzine, circular en redes que no dependen de números ISBN ni de rankings de Amazon. Hablo de invadir circuitos barriales, comunales o rurales. También es posible especular desde el formato y la infraestructura.


Otro desplazamiento necesario atañe a la manera en que el autor se concibe a sí mismo. Hace falta abandonar la imagen del escritor como cerebro maestro o creador de universos y acercarse a la del escritor como recipiente: alguien que amplifica las voces que el mercado ignora. Al desprenderse del ego y poner la historia por encima del narrador, nos liberamos de siglos de vanidad y le devolvemos a la vocación un propósito genuinamente humano.

 


Narrar el futuro es tomar posición. Cada historia publicada revela lo que creemos sobre el cambio: quién lo protagoniza, quién se beneficia y qué debe quedar atrás. En ese sentido, la ciencia ficción es, para mí, una forma de prototipar sistemas que todavía no existen.

Quizás eso es un futurista: alguien que nota los brotes en los márgenes y los cuida sin saber exactamente qué van a romper.

Aquella mañana Lisha se quedó inmóvil, de pie, en la puerta de nuestra cabaña. Luego, en un gesto automático, cerró los ojos y abrió la boca de par en par. Si mamá hubiera estado despierta, estoy seguro que hubiera sentido miedo. A decir verdad, no era la primera vez que yo sorprendía a mi hermana haciendo esa clase de cosas, a primera hora de la mañana. Por lo general, regresaba a la cama y seguía durmiendo. Pero esta vez, de un momento a otro, volvió en sí y emprendió una carrera frenética, selva adentro.


Me levanté como pude y la seguí de lejos, viendo cómo desaparecía por ratos entre el follaje, temiendo que una serpiente mordiera sus pies desnudos, que imaginaba despeinando el musgo de la mañana. Yo tropezaba con lianas, ishpingos y piedras afiladas.


De pronto escuché a mi madre llamándome, a lo lejos. Yo le respondí que ya volvíamos, sin darle más explicaciones, intentando crear la ilusión de que no ocurría nada extraño. Ella se quedó en la puerta por unos segundos y volvió a perderse en la oscuridad de la cabaña, acostumbrada como estaba a la curiosidad hermética de mi hermana.


Quince minutos después, Lisha se detuvo al margen del Marañón, donde misteriosamente se agolpaban otros niños descalzos, de cara hacia las aguas negras y estancadas del río. Entonces mi hermana me miró como si lo hiciera por primera vez, y junto a los demás absorbimos el aroma a muerte que invadía el paisaje. Filas de cadáveres flotaban a lo largo de varios metros: paiches, pirañas, anguilas, tortugas… todos transformados en siluetas inertes, empantanados en el petróleo que se dispersaba a lo largo de decenas de metros río abajo.


Ni siquiera me dio tiempo a preguntarle qué le pasaba. Lisha se agachó y pegó sus narices al líquido oscuro, susurrando palabras que sonaban como a las cosas incomprensibles que solía pronunciar papá. A mí me habían dicho que los químicos pueden ser mortales al contacto con la piel, así que la levanté de un tirón.


Un rato después llegó un puñado de hombres con enterizos blancos y aparatos de medición, que se cruzaban de brazos y resollaban sin mover un dedo. Uno masticaba caña de azúcar mientras hablaba con sus compañeros, y otro movía la cabeza al ritmo de la cumbia que brotaba de su radio a pilas. Sin decir nada empezaron a cavar un hoyo inmenso en el suelo y, cuando ya iban casi por la mitad, uno de ellos nos preguntó si queríamos ganar dinero. No respondimos, pero igual nos señaló unos baldes vacíos, apilados a medio metro de distancia. Con esto van a recoger esa agua negra y la van a echar en este hueco, dijo. Si lo hacen, por cada balde yo les pago cuatro… no, ¡cinco soles! Cuando le agradecimos nos acarició la cabeza y nos comentó que los empleados de la petrolera también pertenecían a la comunidad. Por eso querían que llevemos algo de platita a nuestras casas.


A decir verdad, el hombre sonaba como a uno de nosotros. Por eso decidimos confiar. Qué tontos fuimos. Le pedimos que nos entregue algunos de esos enterizos blancos, para empezar a trabajar, pero no recibimos más que un empujón apresurado y una risa sarcástica. Quién se habrá creído este mocoso, que agradezca que encima va a llevar alguito a su casa. Éramos ocho niños en total, y ninguno traía encima nada más que la ropa con la que habíamos despertado. Empezamos a caminar, cada quién zarandeando su balde vacío, hacia el Marañón, que nos esperaba con su baba enferma.


Los hombres de enterizo blanco terminaron de cavar el hoyo y se perdieron de vista, hacia las oficinas de la petrolera. Cuando el hueco esté lleno nos buscan en esa cabaña de allá, nos dijeron, ahí sacamos cuentas y les damos la plata. Nada más no se distraigan en tonterías, que su trabajo es muy importante. Sus familias dependen de ustedes.


Conseguimos algunos metros de soga y corrimos hacia el pequeño puente sobre el río. Nos encaramamos sobre la baranda de madera, desde donde lanzamos los baldes y los volvimos a recoger, ya llenos de petróleo. Luego recorrimos el camino hasta el hueco, donde enterramos de a pocos el resultado del desastre. Por cada balde que transportábamos unas gotas de aquella sustancia saltaban y se pegaban en nuestras piernas, pero no eran tantas como para preocuparse. Sin embargo, a medida que las horas transcurrían empezamos a trabajar más rápido y con más ahínco, y fue entonces cuando empezaron a aparecer los primeros resquemores, las llagas en los dedos, los ojos que se hinchaban como ampollas gigantes en plena cara. Basta, dijo uno de nosotros, ya no puedo, pero no le hicimos caso, porque ya estábamos sacando cuentas. ¡Cinco soles! Tres por cinco, cinco por cinco, siete por cinco. Quizás si juntaba mi plata con la de Lisha podíamos llevar a mamá al pueblo, más allá de la montaña, a comprarles mantas a la gente de la sierra. O con mi parte podía comprar un libro de química. Me gustaba tanto estudiar, quizás porque, en la comunidad, cualquier sueño distinto al trabajo del campo era un acto abierto de rebeldía.


Nos pasamos hasta la tarde yendo y viniendo, transportando baldes y vertiendo en el hoyo grandes cantidades de materia viscosa mezclada con animales muertos. Jadeábamos, y nuestros brazos temblaban con el esfuerzo. En una ocasión uno de los niños resbaló, y el petróleo le cayó encima, quemando la piel de su estómago. Empezó a llorar, pero nosotros guardamos silencio. Temíamos que los hombres de enterizo blanco se enfadaran y dejaran sin efecto nuestro acuerdo. El niño se puso de pie, soplándose a sí mismo, y se quedó sentado en una piedra. ¿Y tu plata? Le preguntamos. Ya no quiero, dijo él. En cierto momento, Lisha casi resbala en el piso aceitoso. La salvé, sujetándola firmemente por la muñeca y evitando que se haga daño. Ella me miró, en silencio. De su frente resbalaban decenas de gotitas perladas.


En una de las idas y vueltas, el niño sentado en la piedra me llamó. Mayu, me dijo, y yo lo reconocí. Era Joao, el hijo de doña Bertha. Solía ayudar a su mamá a vender yuca y caña de azúcar en el mercado. Mayu, me confesó, me pica todo. Entonces se levantó el polo, y en su barriguita vi el rojo brillante de la carne inflamada. Yo, que aún cargaba dos baldes casi llenos, me aparté del camino para ayudarlo. Tienes que lavarte, le dije, no puedes quedarte así. Ve al pueblo y consigue agua. Pero sabía que mi consejo era en vano. ¿Cómo iba a conseguirla, si el río estaba totalmente muerto? Le tendí la mano, y lo alcé con dificultad. Seguramente si mi mamá lo veía podíamos darle un poco de lo que nos había sobrado del día anterior.


Pero tuve que detenerme. Un grito sacudió mis entrañas.


Uno de los niños se acercaba a toda prisa, gritando. En su rostro vislumbré una expresión de terror. De pronto me percaté de que era mi nombre el que resonaba en su boca, creciendo como un eco al revés. Cuando estuvo lo suficientemente cerca pude ver las lágrimas que bañaban sus mejillas y el moco que escapaba de su nariz. Tu hermana se ha caído, balbuceó. Se ha caído al río.


Corrimos hacia el puente de madera. Todos asomaban hacia abajo, donde el aceite negro se revolvía en un remolino confuso, donde era imposible distinguir forma alguna. Grité el nombre de Lisha, y cuando lo hice el hedor punzante del petróleo inundó mi boca. Por instinto trepé la baranda para lanzarme al río, pero en el fragor del momento mi mirada encontró a Joao, quien me había seguido a pesar del dolor, y vi nuevamente las llagas en su estómago. Si me lanzaba, lo más probable es que hubiera perecido antes de poder ayudarla.


Atamos los baldes con las sogas y los lanzamos con dirección a Lisha, para darle la oportunidad de aferrarse a algo. Mientras esperábamos con impaciencia a que una de las sogas diera finalmente un tirón, recordé a mi hermana de cara a la selva, como a ella le gustaba, con los ojos cerrados y la boca abierta hacia la Amazonía. A veces se acercaba a los árboles y les hablaba despacio, siempre en la lengua de papá. Algunos pensaban que había algo mal en ella. Me dio miedo perderla así, que me la arrebatara la muerte antes de descubrir la verdad acerca de todos esos misterios.


Las aguas empezaron a recuperar poco a poco su estado de reposo. Al notar mi desesperación, Joao me gritó que me apresurara en ir al pueblo, que nunca se sabe, quizás todavía podían rescatarla. En mi cabeza aparecieron hospitales grandes, como esos que hay en la capital, y decidí cobijarme en esa pequeña esperanza. ¡Cuánto me costó dejar atrás el puente! Sentí que estaba traicionando a mi hermana, pero dentro mío sabía que las cosas habían llegado a un punto en que pedir ayuda era lo mejor.

 

La comisaría del pueblo era pequeña, de paredes de barro pintadas de color verde claro. Sobre su techo podía verse una bandera del Perú que no ondeaba, sino que permanecía sucia e inerte, arrugada en torno al mástil. Al lado de la puerta, un guardia fumaba un cigarrillo, recostado en la pared. Apenas me le acerqué se recompuso y se paró derecho, alzando el mentón. Yo le conté todo, entre sollozos y jadeos, señalando hacia el interior de la selva. Después el guardia lanzó un suspiro y me llevó hacia el interior de la comisaría, donde había un oficial gordo y con un bigote ralo, sentado en un escritorio al lado de un ventilador. El guardia que antes fumaba contó mi tragedia de manera distante, refiriéndose a ella como una ocurrencia. Me dieron un vaso con agua y tomaron mi declaración. Yo quería gritar y decirles que mi hermana aún podía salvarse si ellos se apresuraban a acompañarme al puente, pero el oficial gordo se empeñaba en garabatear una narración de los hechos sobre un papel. Lisha sigue ahí, se está muriendo, dije. Entonces me aconsejaron que vaya a mi casa, que al día siguiente ellos se encargarían de hablar con la petrolera para que reconociera los gastos del sepelio, que le diga a mi madre que no tendría que gastar ni un sol.


Salí de la comisaría a toda velocidad, tropezando con las piedras del camino de tierra que da a la municipalidad. Cuando llegué me topé con una veintena de personas en la puerta, con rostros de consternación. Deduje que ya se había corrido la voz del accidente de mi hermana. Por eso, cuando llegué, solo me hizo falta presentarme. Al instante, dos mujeres me abrazaron y me dieron el pésame. Pero si ella no está muerta, les respondí, sé que está luchando, aún podemos hacer algo. Me acompañaron al salón principal del edificio, donde me ofrecieron un puñado de coca que no acepté. De pronto aparecieron dos hombres. Uno llevaba camisa remangada y sombrero. El otro era calvo, y vestía un terno negro. Se presentaron a sí mismos como el dirigente de la comunidad y el alcalde, respectivamente. Les pedí ayuda, gritando que la policía me había malinterpretado y que Lisha estaba a dos horas de distancia selva adentro. Tras escucharme se dirigieron a una esquina del salón y debatieron en voz baja. Cuando regresaron me dijeron que no me preocupara, que al día siguiente ellos mismos se encargarían de hablar con la petrolera. Ya sabes, para los gastos del sepelio, añadieron.

Hui también de ese lugar. En el trayecto hacia el puente, al ver que el cielo empezaba a oscurecerse, empecé a llorar. Imaginé al cuerpo de Lisha siendo arrastrado por la corriente lenta, espesa y negra, por debajo de la superficie del agua, junto a los peces, anguilas y tortugas muertas.


Al llegar al río vi unas luces flotando mágicamente a lo largo de ambas márgenes. Cuando estuve más cerca descubrí que se trataba de lámparas de kerosene. Los vecinos del caserío caminaban entre el follaje negruzco, buscando el cuerpo. A mamá la encontré minutos más tarde, cuando se liberó de un grupo de mujeres que la abrazaban. Me acarició la cabeza y respiró hondo. Luego me hizo prometerle que cuando creciera dejaría esa selva maldita, así la llamó. Solo entonces me percaté del petróleo que la cubría hasta la cintura. Sí, mamá, respondí.

 

°°°

 

- ¿Ingeniero? – La voz grave de Joao me hace saltar al presente, de golpe.


La cabaña que compartí con mi madre y Lisha aún se mantiene en pie. Parece mentira, después de tantos años. El suelo está lleno de excremento de ave, y la madera de las paredes luce hinchada por la lluvia, pero es fácil recomponerlo todo, en un ejercicio de nostalgia. Recuerdo a mamá, cosechando café sin descanso para enviarme a estudiar a la capital. Creo que nunca llegaré a comprender del todo la envergadura de su sacrificio.


- No me digas ingeniero, Joao. Por favor.

- Está bien… Mayu.


La muerte de Lisha me hizo acercarme a Joao, el niño de las llagas en el estómago. Podría decirse que nos adoptamos el uno al otro, para soportar la vida dura de la selva. Cuando viajé a Lima, apenas al terminar la escuela, encontramos siempre la manera de seguir en contacto a través de las redes sociales. Yo le contaba acerca de la universidad. Él nunca compartió mi pasión por la ingeniería química, pero celebraba cada uno de mis logros como si fuera suyo. También me daba noticias acerca de la gente del caserío. A la larga, siempre terminaba contándome lo mismo. Yo lo quería, pues, luego de la repentina muerte de mi madre, se transformó en mi único vínculo con mi tierra natal.


Ahora, Joao tiene el rostro ajado de quienes jamás han conocido otra cosa que la vida del campo. Me mira, sin entender en qué me he convertido. Tal vez sea mejor así. Su cuerpo esbelto y cobrizo pasea también por la cabaña. Voltea hacia mí, y luego hacia la ventana.


- Tú y yo hemos seguido caminos muy diferentes, Mayu. Tú estudias la ciencia del mundo visible, y yo la del mundo de los espíritus.

- ¿A qué viene todo esto?

- A que nosotros, los chamanes, podemos hablar con el río. Y pasa que estas aguas te han estado llamando. Tu deber es escucharlas.

- ¿Me pides que haga yopo? No, de ninguna manera. Las drogas y yo…

- Hablas como uno de ellos. Es cierto que los blancos usan las plantas sagradas como entretenimiento, pero nosotros no. Acércate al yopo con respeto, y él te dará sabiduría.


Joao me toma de las manos. Su piel es caliente y áspera. Puedo ver las arrugas en su rostro, como surcos de piedra en un valle profundo.


- Ahora busco la sabiduría en otras fuentes, Joao.

- Mayu, la selva nos habla, y las plantas son nuestros oídos. Si eso no está en ningún libro, es porque los libros los escribe la ciencia blanca. Date cuenta.


En sus ojos adivino un brillo especial. No lo había visto así desde el día del accidente. Su súplica es recia, sin muecas, sin lamentos. Sin duda, es alguien que ha sabido sufrir sin bajar nunca la cabeza.


- Tengo miedo – me escucho decir, como si mi voz fuera la de alguien más.

- Tranquilo – dice mi amigo – Te guiaré. Traigo algunas semillas en la camioneta.

 

El trayecto al río es accidentado, pero Joao es un excelente conductor. En algún momento pasamos al lado de un campesino, a quien saludo. Joao lo saluda también, y hace lo mismo con cada una de sus vacas, llamándolas por su nombre. Quince minutos después, detiene la camioneta.


Al abrir la portezuela me recibe un hedor familiar, que altera el aroma natural a tierra, savia y clorofila.


- ¿Otro derrame?

- Desde hace algún tiempo hay uno cada año, poco más o menos. Las tuberías del oleoducto están en pésimo estado, y no hacen nada por repararlas.

- ¿Y la policía? ¿Y el alcalde?

- La petrolera les ofrece dinero a cambio de su silencio. A fin de cuentas, corromper a las autoridades es más barato que pagar las multas del gobierno. Aquí, el que saca algún beneficio, se queda callado. Mientras tanto, somos otros los que sufrimos.


Caminamos con parsimonia, mientras me esfuerzo por no resbalar en el suelo oleoso. Cuando llegamos a la mitad del puente, Joao me mira con seriedad.


- Ahora pídele permiso a esta tierra que nos cobija.


Así lo hago, con los ojos cerrados. Es inevitable dejar atrás tantos años de formación científica y entrar en contacto con el mundo espiritual sin sentirme algo tonto. Sin embargo, sé que esto es importante para mi amigo.


Nos sentamos en el punto exacto donde Lisha cayó, aquella mañana de hace veinte años. Joao abre su morral y saca una bandeja de plata tallada a mano, con la forma de una hoja de árbol. Ahí coloca las semillas de yopo, y las tritura con un mortero de piedra. Luego, en un cuenco ovoide, quema un puñado de hojas secas y mezcla en la bandeja las cenizas con las semillas pulverizadas. Finalmente, de su bolsillo saca una cucharilla diminuta y coloca en ella un poco de la mezcla.


- Te dejo solo – me dice, ofreciéndome la cucharilla. – Esto será entre el Marañón y tú. Te estaré observando desde el final del puente.


Dicho esto, se pone de pie y se aleja, silbando bajo el sol del mediodía.


Debajo de mí se extienden las aguas contaminadas del Marañón. En algunas zonas el petróleo estancado ha adquirido una tonalidad tornasolada. Ya no se ven ni siquiera animales muertos: los derrames han ido eliminando progresivamente todo rastro de vida. Con el pasar del tiempo, estas tierras se han transformado en un paisaje infernal. No me extraña que cada vez más familias estén abandonando el caserío. De todos modos, el olor de los químicos no es mucho peor que el del yopo: el polvillo se hace más astringente conforme acerco la cucharilla a mi nariz. Cuando finalmente lo inhalo, siento un resquemor agudo a lo largo de las fosas nasales, que segundos después se instala en lo más profundo de mi cabeza. No puedo evitar toser.


Poco a poco, el brillo de la mañana se va apagando. Los bordes de los objetos se difuminan y pierden el color, como si se tratara de una señal defectuosa, y una especie de niebla lo reduce todo al blanco y negro. Los músculos de mi rostro se secan y se endurecen en una mueca asimétrica. Soy una escultura de barro. Atino solo a hundir la cabeza entre las rodillas. Ahora soy una espiral que se concentra sobre mi propio vientre. ¿Es saliva lo que resbala por mis piernas? No. Es un vómito blanquecino. Tiemblo.


Mayu, hermano.


Levanto la cabeza. Afortunadamente he logrado controlar los primeros efectos del trance. Consigo pararme, a duras penas, ayudándome de la baranda del puente.


Mayu, escúchame.


- ¡Lisha! ¿Dónde estás? – busco en vano el origen de la voz, antes de darme cuenta de que proviene de todos lados a la vez.


Aquí no hay un dónde, ni un quién. Soy tu hermana, pero al mismo tiempo soy la selva que te rodea.


Bajo el influjo del yopo, me resulta fácil entenderla. Parece una forma de comunicación lógica, natural. Antigua. Un impulso irrefrenable me obliga a abrir la boca y aspirar profundo, a comerme la Amazonía y dejar que inunde mi organismo con su luz invisible… tal como lo hacía ella. Vuelvo a verla, el día de su caída. Veo su cuerpo luchando bajo las aguas negras, hundiéndose vencido y reposando entre la vegetación subacuática contaminada. Luego experimento en mi propia carne su descomposición, y por un instante me transformo en la corriente que arrastró sus restos lentamente, río abajo. Finalmente soy la tierra donde varó, para diluirse en el tiempo y volver a ser una con la tierra.


- Esto es imposible.


Los años te han vuelto ciego al mundo de los espíritus, Mayu. Concéntrate. Deja que el yopo te ayude, y retoma tu comunión con la tierra.


Me convenzo a mí mismo de que toda esta alucinación no es más que una proyección de mi inconsciente. Pero, ¿y si no? ¿Si verdaderamente existe una verdad no científica? Apenas estas dudas aparecen en mi mente, mi cuerpo me recompensa con una sensación de calidez y abandono. Casi puedo ver mi cuerpo descomponiéndose en infinitas partículas, y flotando sobre el gran follaje verde.  Ahora estoy en el hocico de un jaguar, entre las alas de un guacamayo, en el llanto de un niño indígena. Toda vida es igual de importante.


Mi nueva dimensión me supera, y en silencio me avergüenzo de mi pequeño cuerpo físico, tan limitado y aun así tan orgulloso.


Agradece al chamán que te trajo hasta aquí, pues gracias a él has nacido. Ahora sé mensajero, y sé mensaje. Volveremos a vernos, cuando estés listo. Te amo.


- No, no. ¡Espera! ¡No me dejes! – digo, aunque soy consciente de que, hacia afuera, mi voz suena como un galimatías incomprensible. Son los sonidos de la lengua de papá.


Sobre la visión monocromática del paisaje aparece un arabesco fucsia brillante, suspendido sobre las aguas como un gran fuego fatuo, que luego empieza a dividirse en hexágonos que laten y disparan reflejos de luz. Los hexágonos se aglomeran, giran y se ensamblan unos con otros, en una coreografía vertiginosa, que, a pesar de todo, disfruto.  Me invade una paz inmensa, y siento cómo mi pecho se inunda de un líquido inexistente, frío, pero sin materia.


Una arcada empuja mi cuerpo hacia adelante, haciéndome despedir una gran cantidad de vómito y obligándome a salir del trance. Como un recién nacido, tanteo a mi alrededor, casi ciego, buscando algo a lo que aferrarme. Mis manos encuentran las de Joao, quien sopla hacia mí el humo de un cigarro que me calma, mientras entona un canto ícaro.


non papan kape

kapetima ‘inon

oxo ‘irapanen

chona ‘irapanen

kapetima ‘inon

teatima ‘inon

‘inon kana ‘e


- Era ella – digo, entre leves espasmos.

- ¿Pudiste entenderla?

- Creo que sí.

- Bien. Bien.

 

Durante el regreso, no soy capaz de pronunciar ni una palabra. La camioneta da saltos en el camino de tierra mal apisonada, y mi amigo me espía a través de espejo retrovisor.


- ¿Tú sabías que el río me llamaba con la voz de Lisha, cierto? – le pregunto, antes de llegar al hotel donde me hospedaba.

- No solo yo. Todos los chamanes decían que el Marañón había cambiado de voz. La diferencia es que solo yo recuerdo a tu hermana.

- ¿Por eso me pediste que viniera después de todos estos años?

- Sí.


Quedamos nuevamente en silencio, yo aún con los rezagos de las visiones dando vueltas en mi cabeza. Intento buscar una explicación, algo que no desestabilice mi concepción lógica del mundo. ¿Qué era realmente esa voz y esas extrañas visiones geométricas? ¿Tienen acaso algún significado, o fueron solo representaciones aleatorias, garabatos de mi propia psique?


Son comunes las historias acerca de los fractales y visiones de animales que pueblan las experiencias con ayahuasca. Pero estoy seguro que esto fue algo más que un juego de la percepción. De alguna manera, llegó a mí como un secreto, como la tierra susurrando algo a mi oído no humano. Quizás eran patrones de tejidos, una especie de mapa, o un esquema de…


- ¡Eso es! – grito, sin poder controlar mi asombro.


Joao da un salto, y la camioneta frena bruscamente en el suelo de tierra, levantando por doquier un polvo pesado que se dispersa en el cielo de la tarde.


- ¡Esos hexágonos! – le digo a Joao, aún conmocionado por la impresión. – ¡Formaban la figura… de un polímero!

 

Ya en la habitación del hotel, enciendo mi computadora portátil y empiezo a buscar información. Sin duda lo que se me reveló en medio de la visión era un polifenol o, mejor dicho, un polifenol natural. Es decir, un tanino. Pero, ¿qué tiene eso que ver conmigo? Intento llegar al fondo del asunto, pero solo me topo con callejones sin salida.


Llego a un estudio que me ofrece algunas luces. Se titula Efficient and sustainable treatment of industrial wastewater using a tannin-based polymer, y está publicado en el International Journal of Sustainable Engineering. El artículo habla acerca de las posibilidades de los polímeros naturales como una opción verde al proceso de coagulación de los desechos. Y lo mejor, este método permitiría limpiar las aguas de una manera sencilla, utilizando casi exclusivamente las semillas de una planta para mí desconocida, llamada nirmali.


Mi mente empieza a volar. ¿Y si pudiéramos sintetizar un coagulante a través de la reacción de Mannich, logrando un polímero de mayor peso molecular? ¿Y si fuéramos capaces de potenciar este proceso para fabricar una serie de skimmers artesanales, que permitan limpiar las aguas de manera segura, sin tener que depender de la petrolera? Lo cierto es que no sería un proyecto fácil de implementar, pues poco se sabe acerca de la estructura y propiedades de estas moléculas. De hecho, probablemente tome varios años desarrollar la tecnología necesaria para escalar la producción. Sin embargo, hay algo que me ata al estudio del nirmali, desde una perspectiva que va mucho más allá de la científica. De alguna manera, me veo impulsado a conocer todo acerca de las posibilidades de esta planta. ¿Qué clase de puertas se han abierto en mi conciencia?


Encuentro sin dificultad una imagen del nirmali en internet. Su nombre científico es strychnos potatorum, y a simple vista no resulta tan imponente como pensé. Pero la tierra piensa distinto, y entiendo que sus diseños no tienen por qué responder a nuestras expectativas.


Debo deshacerme de esta idea absurda. Mientras más veo la imagen, más crece la idea de que la planta quiere decirme algo.

 

Salgo del hotel, y doy un paseo por el pueblo. Necesito poner las cosas en perspectiva y ordenar el vértigo de las últimas horas. En la puerta de la comisaría veo a un guardia joven, fumando un cigarrillo. Imagino a un niño corriendo hacia él, con la noticia de que su hermana cayó al río. Imagino al guardia acompañándolo y compartiendo su prisa, asegurándole que no está solo. Estoy seguro que ese niño se hubiera sentido menos vulnerable, y no hubiera cargado con esa muerte sobre sus espaldas, aún débiles e inmaduras.


El guardia me ve pasar, y da una nueva calada. Fumar aquí es un vicio caro. Si esta comisaría y todos los edificios de gobierno desaparecieran, serían más los beneficios que las pérdidas. Después de todo, las comunidades amazónicas han vivido en la autogestión durante miles de años. Todo es cuestión de volver a los antiguos modelos.


Sería tan bueno volver al gobierno natural de los seres con la tierra, y no sobre ella.


Unas cuadras más allá, un hombrecito de piel quemada sale de la municipalidad, acompañado por otro de casco blanco. El hombrecito probablemente sea hijo del antiguo alcalde, heredero de una larga dinastía de autoridades corruptas. En el casco de su acompañante, quien voltea a mirarme, distingo el logo de la petrolera.


- Buenos días, ingeniero – grita, desde lejos.

- Buenos días.  – respondo - ¿Ya saben acerca de la revuelta de los comuneros?

- ¿Revuelta?

- He escuchado que se están organizando. Dicen que primero van a limpiar el río ellos mismos, con sus propios métodos, y luego reclamarán su tierra.


Los dos sonríen.


- Es lo de toda la vida. – añade el alcalde.

Me alejo hacia donde termina el camino y empieza la vegetación

- Esta vez no. Yo que ustedes, me cuidaría.


Enrumbo hacia el verde absoluto. Me siento fuerte y en calma, como al inicio de una batalla. Pienso en cuánto me va a costar refaccionar la antigua cabaña de mi madre. La imagino de vuelta a la vida, con el sol colándose entre la madera, y yo en la puerta, con los ojos cerrados y la boca bien abierta, aspirando hasta la última partícula de selva.

Recibí la solicitud de amistad -creo que así la llamaban por aquel entonces- mientras recolectaba datos para mi tarea del curso de Historia de los Medios. De alguna manera el mensaje automático de esa antigua red social logró burlar el firewall de mis lentes, colándose en mi bandeja de entrada principal.

 

Iris quiere ser tu amiga en Facebook.

 

Siempre me ha interesado la arqueotecnología y su romanticismo. Pienso en aquellos tiempos en que todo estaba contenido en servidores físicos y el mundo temía constantemente a un colapso total de las redes. Por eso, el nombre de “Facebook” no me era del todo ajeno. En la primera mitad del siglo XXI, su CEO, de apellido Zuckerberg, fue encarcelado por hacer uso ilegal de bots que simulaban cuentas reales, las mismas que luego vendía a partidos políticos, agencias de noticias y canales de televisión… todo para fomentar la interacción entre los usuarios y colocar a sus clientes en la zona caliente de las tendencias. Como sea, cuando la marca perdió prestigio, las masas migraron a los lentes de cristal digital, con sus sistemas de reconocimiento facial y realidad aumentada. Las redes sociales dejaron de tener sentido, pues el mundo físico y digital se mezclaron frente a nuestros ojos y crearon un universo complejo y mucho más rico en información.

 

Iris quiere ser tu amiga en Facebook.

 

Qué más da. Acepto.

 

Ingreso a la landing page, una especie de viejo formulario azul y blanco que me invitaba a registrarme para continuar. Dice: es gratis, y cualquiera puede unirse. Pero, por más que observo la caja de texto y me concentro en crear una cuenta, nada ocurre. Entonces reparo en algo asombroso: en aquella época, la web todavía no estaba optimizada para funcionar con comandos por voluntad. Eso quiere decir que los usuarios de la red 2.0 estaban obligados a ingresar órdenes de manera física. Creo que les decían clics. Configuro entonces mis lentes para que reaccionen a mis parpadeos, logrando un efecto similar al de un mouse.

Antes de aceptar la solicitud decido explorar el entorno. Veo perfiles de jovencitos con peinados altos y muchachas maquilladas a la antigua, con ropa de tela, felices en su mundo ingenuo. Por lo demás, todo el contenido está compuesto por textos, imágenes y videos. Nada de olores ni sensaciones. Imagino cómo habrá sido vivir en un mundo donde las drogas todavía no eran descargables y la comunicación a distancia no era más que un conjunto de estímulos audiovisuales. Dicen que entonces uno incluso podía apagar su equipo, desconectarse y volver a existir únicamente en la pequeña dimensión física. Reducirse al propio cuerpo y a su entorno inmediato.

 

Regreso a la solicitud de Iris. Su foto de perfil revela a una mujer joven, bonita para los estándares de la época, con esa lozanía carnuda que daba la comida orgánica y el aire descontaminado. Navego por su timeline como quien recorre los pasillos de un museo. Tal como suponía, su foto más reciente data del 2025, y en ella se le ve en la playa, sonriendo despreocupada, con la silueta recortada a contraluz sobre un cielo celeste intenso. Su última publicación fue un mensaje en rechazo a lo que parece haber sido un golpe de estado. “Ni izquierda ni derecha, cuando no emanan de la voluntad popular”, dice un texto en letras blancas, sobre la foto de un hombrecito cobrizo, asustado y con la boca ensangrentada, imagino que el presidente de su país, siendo arrastrado por cuatro viejos calvos y uniformados. Qué complicado, dejarse gobernar por los hombres y sus intereses. Pienso en nuestros softwares políticos smart-choice, y por un minuto me siento orgulloso de nuestra tecnocracia.

 

Entonces decido interferir en el pasado, miro directamente al ícono del corazón debajo de la imagen y lanzo un parpadeo rápido. La figurita da una especie de latido, e inmediatamente pasa a engrosar el número de likes de la publicación. Una reacción con siglos de retraso.

 

No pasan tres segundos, cuando recibo una nueva alerta. Usted tiene notificaciones. Me recorre un escalofrío, de los de verdad, cuando veo el número uno encerrado en un círculo rojo, que me desestabiliza, llamándome desde lo desconocido.

 

Iris le ha invitado a unirse al grupo 2025.

 

Doy un salto en mi asiento. Facebook es parte de un pasado poco glorioso de la tecnología, que la humanidad ni siquiera se molesta en recordar. ¿Cómo es posible que esa red social aún siga en funcionamiento? Es más, ¿dónde se encuentran físicamente los miembros de este grupo, y por qué se reúnen a escondidas de todo el mundo? Empiezo a pensar que la solicitud de amistad de Iris no fue producto de un automation, sino una decisión consciente y premeditada.

 

Clic. Ahora eres parte del grupo 2025.

 

237 miembros. Todos con insignias de generadores de conversación. Todos con interacciones durante la última semana, conversando acerca de la fiesta de Año Nuevo, quejándose de sus proveedores de internet, convocando a cadenas de oración, invitando a eventos y compartiendo fotos de mascotas perdidas. La situación es absurda. 237 personas viviendo una vida inventada, el remedo de una cultura desaparecida hace siglos.

 

Sigo investigando. Por más que me esfuerzo en retroceder en el historial de publicaciones del grupo, las cosas no cambian. Alguien, por ejemplo, pregunta cuál es el mejor café de Roma. Hay quien le responde que Sant’Eustachio, otros que Tazza D’Oro, y pasan a contar su experiencia de viaje con la familia. Luego interviene otro, y otro más. De pronto alguien escribe que mejor es la colada cubana, y que de todos modos el café hace daño. Empieza así un gran debate, que termina siempre con cordialidad. Esa parece ser la dinámica que rige todas y cada una de las publicaciones del grupo.

 

Entre tantas, me topo con una publicación de la misma Iris, donde pone a la venta un aparato hoy obsoleto: un celular. Varios interesados piden detalles, pero nunca se llega a concretar la venta. Al menos, no públicamente. De todos modos, me sirve para darme cuenta de algo más. Al lado del nombre de Iris hay una insignia que asemeja a un viejo cohete espacial, que indica: miembro fundador. Eso abre la puerta a un mundo de probabilidades.

 

Un bip me saca de mis cavilaciones, y una ventana de chat aparece de la nada.

 

— Hola, Mario. — Observo un buen rato la caja de texto, antes de animarme a responder.

— Hola, Iris. Oye, veo que me enviaste una solicitud. ¿Nos conocemos?

— No realmente. Pero, oye, necesito que me hagas un favor. — Responde ella, casi al instante.

— Dime.

— Mira, te va a parecer una tontería, pero necesito que me digas si en esta imagen logras encontrar la silueta de una persona en medio de los objetos.

— ¿Que si logro qué…?

 

Recibo un enlace por respuesta. Cuando lo abro, me encuentro con un dibujo de proporciones gigantescas, compuesto por decenas de pequeñas siluetas dispuestas sin un orden aparente. El dibujo está dividido en cuadrantes. Me toma cinco segundos ejecutar la función buscar de mis lentes digitales.

 

— Pues… sí. Encontré la silueta de una mujer, en el cuadrante B24. Los demás son solo objetos.

— Gracias, Mario. Qué suerte haberte encontrado. Por favor, ayúdame. Necesito que denuncies esta misma cuenta. Entra a mi perfil, y haz clic en los tres puntitos negros. El motivo da lo mismo. Yo me encargo del resto. ¿Estás de acuerdo?

 

Me quedo inmóvil, buscando la respuesta adecuada. ¿Quién es realmente Iris, y de dónde proviene su desesperación?

 

— Perdóname, Iris, pero todo esto es muy raro. Te sugiero que pidas ayuda a otros miembros del grupo.

— Imposible. Ellos jamás podrían ayudarme.

 

En ese momento, lo entiendo todo.

 

— ¿Me estás diciendo que eres… un bot?

— :(

 

Mis lentes me envían la definición del término emoji. Siento pena por ella. Lo más seguro es que se trate de una inteligencia artificial equipada con alguna suerte de machine learning, que ha ido enriqueciendo su base de datos con miles de variables y comportamientos… durante quinientos años. Al final, terminó siendo no solo una inteligencia artificial, sino una plenamente consciente de su naturaleza y de su soledad en un mundo de inteligencias menores, imperfectas, limitadas.

 

En el grupo, alguien comparte una frase motivadora. Uno a uno, veo cómo los 237 perfiles empiezan a interactuar con la publicación.

 

— Espera, Mario…

 

Pero ya es tarde. Salgo de Facebook de una vez y para siempre, marcando la página como remitente no deseado. Quién sabe en cuánto tiempo más Iris logrará aparecer en la bandeja de entrada de otro ser humano. Tal como avanza la seguridad informática, probablemente nunca. Aún abierta, en otra pestaña, queda la silueta de la mujer rodeada de objetos, en el cuadrante B24.

 

Quizás esta no sea la mejor noche para hacer la tarea de Historia de los Medios. Quizás lo mejor sea asomar por la ventana e imaginar a esos antiguos fantasmas que aun deambulan, muy lejos, allá en los servidores de la Tierra.

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